viernes, noviembre 14, 2008

¡A pesar de haber sido boxeador!


Aun cuando la señorita Sandra sostenga lo contrario, yo creo que no estoy loco.
Debo reconocer que mis nociones en torno a la locura son demasiado básicas. No obstante, me atrevo a decir que no estoy loco y que es falso que lo haya estado desde niño. Pese a que desde niño amé la guerra.
Hay cosas que, definitivamente, la señorita Sandra no entiende.
Pero sí debo aseverar fuertemente que aquella vez enloquecí. Enloquecí aun cuando siempre amé la guerra.
No soy yo ni el autor ni el narrador de este relato. O soy el autor y el narrador a medias: cuento con la mediación de un periodista audaz. El huevón es harto raro, pero ama el boxeo. Tiene edad como para ser mi padre. Y ha sabido hablarme claro: me ha dicho que, por huevón, me arrastré hasta un infierno desde el cual cuesta salir.
Me llamo Carlos. Tengo veintiocho años y un par de meses. Por algún intrincado motivo, siempre amé la guerra. Creí en la dimensión sublime de la guerra. Ya a los ocho años comencé a creer que la vida tiene sentido: me veía emulando a Arturo Prat. No es que Prat me despertara una especial admiración ni que haya podido valorar la dimensión histórica de su gesta, sino me interesaba emularlo como mero protagonista de un acto de guerra. A esa altura supe empíricamente lo que es la adrenalina. En mis noches de niño pobre, cuando imaginaba que me encontraba en combate en la rada de Iquique, mis pupilas se dilataban para mejor ver todas las incidencias de aquella hermosísima confrontación bélica. Y mi corazón de niño galopaba cuando me veía saltando a la cubierta del Huáscar. A esa altura, nadando en adrenalina, me empezaba a quedar dormido mientras saboreaba la gloria de mi muerte en combate. El olor de la pólvora quemada es sencillamente maravilloso.
Sin embargo, nunca fui violento ni lo soy ahora (en estas patéticas y no esperadas circunstancias en que me encuentro).
A los quince años, empecé a boxear con guantes de boxeo. En el ring y con todas las de la ley. Aprendí a amar ese deporte, el venturoso y cabal deporte de la brutalidad regulada. Mi mentor fue un popular boxeador profesional de Temuco, cuya identidad sacra reservo sólo para mí. Por su digno y varonil intermedio, logré saber que el boxeo es la más magistral metáfora deportiva del insigne y varonil arte de la guerra. Porque la guerra es también una magistral brutalidad regulada.
(No se piense que yo soy capaz de elucubraciones de este tipo: son cosas del periodista: él me ha dicho, en la dinámica de muchas tertulias tristes, que cree poder interpretar de buena forma las cuitas que le he confiado en este lugar. Y yo creo que es así: el periodista me cacha y me alienta. Y me dice que no incube rencores, me dice que las mujeres son indefectiblemente así. Y me dice que mi problema es la huevonería).
No soy un hombre de letras ni de luces, soy más bien del montón. Mi escolaridad limita con los dos últimos años de la enseñanza media, los que aprobé hace algunos años mientras cumplía el servicio militar en el Regimiento “Tucapel” de Temuco y era ya boxeador consagrado como campeón de campeones.
Me gustó la cosa militar. Bueno, me había gustado siempre. Pero me gustó quizá si especialmente cuando, nombrado ya cabo segundo de reserva, por mis muy claros merecimientos castrenses, fui coronado como campeón de boxeo militar. Mi categoría era superwelter: pesaba casi exactamente 70 kilos. Mi estilo boxeril era considerado elegante. Fue en el asiento divisionario del Ejército, en Valdivia. Era mi primer año del servicio militar. ¿Cómo no recordar que el ambiente de aquella oportunidad –el Gimnasio de la Universidad Austral– tenía el aroma glorioso de la pólvora quemada? Es que estaban plenamente hermanados lo boxeril con lo militar. Nos habían dado cita a más de cincuenta púgiles militares de todos los regimientos de la IV División del Ejército. Y yo fui campeón de campeones.
A poco andar, desde que me convertí en conscripto del Ejército, había yo quedado integrado a la selección de boxeo del Regimiento Tucapel. Los cabos y los sargentos cacharon en breve que mi estado físico (y mi clara prestancia boxeril, creo yo) de aquellos días eran inmejorables. Soy un gallo sin vicios, lo que, estoy seguro, debo al noble deporte del boxeo y a mi amor por la guerra. Me han dicho siempre que no tengo mala facha. Hablo poco. No fumo ni tabaco ni yerba: jamás he experimentado con marihuana ni con otras cosas análogas (análogas, en tanto que relación de semejanza entre cosas distintas). Sólo en algunas oportunidades bebo cerveza y en cantidades que considero claramente menores.
Aquella vez sí enloquecí: había bebido mucho güisqui y estaba ebrio; me sentía navegando entre efluvios de pólvora ardiente –el aroma de la pólvora quemada es sencillamente ineludible– y de adrenalina, e hice lo que hice. El periodista me asegura que no habría enloquecido si antes hubiera fumado prudentemente la yerbita de Dios y, por ende, el desenlace de todo hubiera sido otro. Un final menos cruento. Sí, creo que pudo ser posible, pero yo era un guerrero y un boxeador fanáticos: pese a que me la ofrecieron muchas veces, siempre me negué a fumar marihuana. Creía que es cosa de maricones; y, claro, un boxeador siempre habrá de negarse a ser maricón (tengo que precisar que el periodista me ha repetido que si bien en Chile no se han conocido boxeadores maricones, sí es posible encontrarlos en cantidad no despreciable en Argentina).
Bueno, no quiero marear a ninguno de ustedes con mis relatos boxeriles; juro que seré económico al respecto.
Lo que quiero decir es que aquella vez perdí el sentido de lo boxeril. Enloquecí. Sentí por primera vez la necesidad de matar. En el boxeo eso nunca ocurre. Claro, ocurría en mis ensoñaciones guerreras, pero no eran sino eso: puras ensoñaciones (ensoñaciones puras).
Me gustó harto la cosa militar. Postulé a la Escuela de Suboficiales del Ejército; quedé aceptado. Seguí boxeando, gané más y más pergaminos. Al cabo de dos años, salí graduado como cabo segundo de planta del Ejército de Chile, en el arma de Infantería.
Todo marchó bien. Me fue bien en todo. Se me consideraba un instructor militar de excepción. Me daba el lujo de ayudar con plata a mi mamá y ya estaba empezando a pensar en casarme con la Blanca. Pero llegó destinado a mi regimiento –el Regimiento de Infantería Motorizado Nº 1 “Buin”, de Santiago– mi teniente Martínez (omito, por consejo de mi abogado, su nombre u otras caracterizaciones que posibiliten su identificación). El hombre había pasado cuatro años en el Regimiento “Chacabuco”, en Concepción, y llegó al “Buin” con fama de ser un excelente oficial. Mi teniente tenía la facha de un actor del cine español. De Antonio Banderas. (En realidad, esto empezó conjeturándolo el periodista cuando me pedía que le describiera el físico de Martínez. Cada vez que yo lo hacía, el periodista comentaba que mi teniente compartía el biotipo de Antonio Banderas. Yo no sabía nada de Antonio Banderas; nada, en absoluto. Pero cuando el periodista se consiguió con el cabo Mardones acceso a Internet y me mostró más de treinta imágenes de Antonio Banderas, no puedo menos de decir que mi teniente Martínez era igualito a ese actor español, lo que, como se verá, tiene en el presente relato una importancia mayor y terminal).
A los tres años en el grado de cabo segundo, quedé aceptado para realizar el Curso de Comandos. Desde que empecé a vincularme con la cosa militar, me pareció el más digno de los desiderátum llegar a lucir sobre mi cabeza la boina negra que adorna la cruenta y siempre mojada cerviz de los Comandos y a mirar el mundo con una especial fiereza. O, al menos, con un estilo especial (como en el boxeo). Siempre sospeché que el Curso de Comandos es algo así como el paroxismo de la lógica guerrera, de ese sentido de las cosas que quise vivir –y que viví delirantemente, con adrenalina y pólvora incluidas– desde niño.
Mi teniente Martínez quedó también aceptado para realizar el Curso de Comandos, pero con un puntaje bastante inferior al mío. El hombre tenía una excelente pinta y era harto canchero, pero le faltaba ser boxeador, como yo. Y, como se verá, le faltaba ser propiamente un guerrero (el periodista me ha informado que Nietzsche habló de las abismales diferencias entre los militares y los guerreros).
Nos habíamos preparado juntos para ser Comandos durante más de seis meses. Trotábamos casi todas las tardes más de quince kilómetros por todo el entorno del Parque Metropolitano de Santiago, con el casco de acero en la cabeza, llevando la mochila de asalto cargada de ripio y portando el fusil Sig-Famae y todos sus cargadores. Hacíamos incontables levantamientos en la barra, tanto en pronación como en supinación; nos esmerábamos con abdominales de todo tipo y con decenas de flexiones de brazos desde el suelo. Nadábamos vestidos en la piscina del regimiento. Yo empecé a admirar su prestancia principesca. El periodista me comenta que aquello fue el principio del fin.
En una de ésas, compartiendo unas pocas cervezas (fuera del regimiento, por cierto), mi teniente Martínez me dijo que fuera de las horas de servicio lo tratara de tú; que no me hiciera problema con eso. Yo le contesté que era para mí un honor que él me lo pidiera. (No me pareció relevante que mi monitor temuquense de boxeo me haya repetido muchas veces que, al igual que en el ring, en la vida hay que saber cuidar las distancias).
En otra de ésas, un mes antes de irnos a al Curso de Comandos, le dije a mi teniente que la Blanca, mi polola de varios años, quería conocerlo. Me contestó que para él sería un gran honor. A la Blanca yo le conversaba sobre mi teniente Martínez, le decía que era muy caballero, muy elegante, muy buen conversador, muy rebién pinteado. Que yo lo admiraba. Y, por supuesto, que era mi amigo (el periodista me ha dicho muy paternalmente que yo soy sobradamente huevón).
Debo puntualizar que yo me sentía inflado con esa amistad: ya no se trataba nada más que de estar preparándonos juntos para ser Comandos del Ejército de Chile, de lo que se trataba era de que éramos amigos lo que, dicho sea de paso, es un logro casi imposible en la cosa militar chilena, sordamente clasista y discriminatoria. Además, yo admiraba su belleza masculina.
Nos encontramos en un exclusivo pub de Providencia (mi abogado me ha recomendado que no lo identifique). Martínez me había dicho perentoriamente que él correría con el financiamiento de la invitación. Yo acaté disciplinadamente.
A las tres de la tarde de ese fatídico día sábado, nos bajamos del Metro con la Blanca y caminamos un par de cuadras hasta el pub. Martínez ya estaba elegantemente instalado. Sentado en un sofá, una pierna sobre la otra, bebía vino blanco en una copa de cristal, ingería bocadillos de jamón serrano (después supe que el vino era de la exclusiva marca Beronia y fermentado en barrica) y parecía solazado con una adecuadamente distante música clásica.
Supe desde el principio que ese ambiente no era ni para la Blanca ni para mí: podrá inferirse de lo ya expresado que yo no puedo ser un de gustos caros, que soy una persona de modesta complexión social. Para mí, lo real es que mi origen social es modesto: nací y crecí en el barrio Santa Rosa de Temuco. Desde niño supe de privaciones y de la falta de padre.
Martínez estaba vestido con contundente garbo. Después supe que su tenida completa era de la afamada marca Giorgio Armani, lo cual, según el periodista, implicaba que, si yo no hubiera sido tan huevón, habría podido comenzar a saber que mi amigo teniente no era una persona de fiar. (¿No te diste cuenta, Carlitos, que un teniente de Ejército no puede financiar con su sueldo ni la indumentaria Giorgio Armani ni el vino Blanco Beronia fermentado en barrica? –me ha preguntado varias veces el periodista– ¿Cómo mierda no pudiste cachar que ese huevón era un chanta y un cafiche?)
De inmediato, Martínez se levantó del sofá de estilo que estaba ocupando y se acercó parsimoniosamente a nosotros.
–¿La señorita Blanca? –le dijo a mi polola, a la par que la escudriñaba, la besaba en la mejilla, le contemplaba los senos y la cogía de ambos brazos. Yo no le di importancia, no me gustó que la besara pero entendí que era un asunto ligado al ambiente y a la circunstancia.
La Blanca se veía estupenda. Recuerdo que yo me sentí como sobrando: no andaba vestido para ese ambiente. Me había puesto mis bluyines más nuevos y una polera negra adornada con motivos deportivos. Mis zapatillas no eran del todo malas (eran Nike), pero nada podían con la elegancia de los mocasines Giorgio Armani que calzaba el teniente Martínez quien, dicho sea de paso, era un fulano harto bien parecido (me parece que ya hablé de Antonio Banderas). La Blanca, en cambio, parecía una reina y no desentonaba para nada ni del ambiente ni de la circunstancia. Le había pedido a la administradora del supermercado donde trabaja como cajera que le prestara pilchas elegantes. La jefa, que es de la misma talla que la Blanca, le pasó de todo: algo así como un gorro de color blanco que enmarcaba perfectamente su carita de niña buena, una polera blanca, hecha del mismo material que el gorro, con tirantes delgados y un escote no demasiado audaz. (Yo preferí hablar de un escote no demasiado audaz; el periodista quería escribir “un escote que mostraba con audaz parcialidad la insinuación de sus senos deliciosos”. Bueno, yo me negué porque, por grave que haya sido todo lo que ocurrió, no se me puede olvidar que mi primer monitor de boxeo me inculcó siempre un respeto proverbial hacia las mujeres. Aunque sean putas y traidoras, me decía).
Yo me sentía sobrando. El ambiente y, en especial, la circunstancia estaban siendo apropiados para la Blanca pero no para mí. Martínez, con el garbo de Antonio Banderas, me puso sus brazos sobre mis hombros y me preguntó:
–Tú, Carlitos, me tienes que decir qué les ofrezco para que brindemos por esta oportunidad.
Yo no sabía que había que brindar; estaba muy turbado. Me sentía sobrando. Hasta pensé en volver a tratarlo de usted.
–No…, decídelo tú nomás –le dije entrecortadamente.
El teniente le habló latamente a la Blanca de las bondades del Blanco Beronia embarricado; qué sé yo… que la fermentación en barrica, procurando unir frescura y frutosidad con vainilla, tostados y cuerpo, es ensamblar el fruto y la juventud con el contraste que suponen las sensaciones más complejas y suaves. (La verdad es que no sé por qué mierda recuerdo aquello). La Blanca –que no cachó para nada esas explicaciones abstrusas– le dijo con pícara sonrisa que quería probar ese vino. Cuando me tocó hablar a mí –yo estaba claramente de segundón–, le dije que prefería un güisqui, como el que le gustaba a don Arturo Godoy, gran campeón de Chile (aun cuando sabía que don Arturo se fue a la mierda en 1940, en su segundo combate con Joe Louis, por la ingesta descabellada de güisqui que le procuraron los mafiosos del boxeo estadounidense para que perdiera su noble prestancia iquiqueña y boxeril).
Martínez le ordenó al garzón una botella de Johnie Walker de doce años. Me preguntó si prefería el güisqui con hielo; yo le dije que no, que así nomás, a lo mero macho.
Bueno, parece preferible ahorrar detalles. Nos sentamos los tres en derredor de una mesa finamente enmantelada y flanqueada por columnas. Los asientos eran forrados en cuero café y como curules romanos. Sobre la mesa había un candelabro de bronce con tres velas finas encendidas. Había una música ambiental que era –obviamente, alguien me lo tuvo que decir– de Johan Julius Christian Sibelius. Claro, toda esa huevada no era para mí, razón por la cual me puse a tomar güisqui solo vaso tras vaso y dejé que mis pensamientos divagaran, mientras el teniente Martínez se dedicaba a palabrear a la Blanca. A mí el gargüero se me puso como al rojo: era la primera vez que tomaba güisqui. Yo no participaba de lo que hablaban; en realidad, de lo que hablaba mi amigo Martínez, mi futuro compañero en el glorioso Curso de Comandos (la verdad es que no he podido recordar lo que este huevón le decía: yo ya estaba medio curado. Además, me levanté varias veces a echar largas y plácidas meadas en la sala de baño más perfumada, elegante y gigantesca que es posible imaginar). Lo que me pareció clarito es que la Blanca, fuera de muy entusiasmada, también estaba algo curada con el Blanco Beronia.
No sé en qué momento ocurrió todo. Supongo que la Blanca le dijo a Martínez que necesitaba ir al baño. Supongo también que éste le dijo que él la acompañaba. Lo claro es que ambos desaparecieron de allí. Recuerdo que dejé de divagar y empecé a ver todo como en rojo, recuerdo que el ambiente se impregnó de pronto de olor a pólvora en combustión. No obstante, había algo –¿la adrenalina?– que olía pésimamente mal. Con alguna dificultad, me levanté de mi curul, soplé fuerte las velas: se apagaron. Y caminé casi a oscuras e inciertamente: no sabía dónde quedaba el baño de damas. Se lo pregunté con calma a un garzón que se me había acercado inoficiosamente:
–Disculpe, mi caballero, ¿dónde queda el meadero de las comadres?
El hombre, solemne en su elegante indumentaria de sirviente, me miró con lástima (yo desentonaba en ese ambiente):
–Yo lo acompaño…, señooor.
No sé por dónde me llevó. De repente, encontré a la Blanca y a Martínez. A mi teniente y a la Blanca. Este huevón la tenía abrazada; ella ya no tenía el gorro de color blanco y los tirantes de su blusa no estaban en su lugar. Era un pasillo con tenue iluminación en el que había raras estatuas de mármol, con muros empapelados y llenos de cortinas, conducente al baño de damas. Desde el tórax amplio de mi teniente Martínez, recubierto por las pilchas Giorgio Armani, los ojos verdosos de la Blanca se clavaron en mí con expresión de suprema angustia.
El periodista se ha empeñado en repetirme que aquello fue horroroso, pero que pude haberlo visto minimizado por la santa mediación de la yerbita de Dios. Y yo he terminado por pensar que así fue; me vi enfrentado al supremo e invencible horror de aquella mirada culpable y eso me llevó, por primera vez, al paroxismo de la locura:
¡Sentí, por primera vez, la necesidad de matar! ¡Ah, si hubiera sabido fumar marihuana entre mis ensoñaciones, nada de aquello habría ocurrido, y a esta hora yo no estaría aquí!
Martínez supo también que aquél era un horror supremo. Sin que mediara palabra alguna, el teniente soltó sin la menor delicadeza a la Blanca y me enfrentó en la pose de combate de los karatecas. Y yo supe de inmediato que aquel escenario de un muy elegante y poco iluminado pasillo interno de un pub exclusivo de Providencia se había convertido en un ring atípico e infernal: no habría de haber allí brutalidad regulada. Pero me puse en la noble actitud boxeril que me fue enseñada a los quince años en Temuco: el pie izquierdo levemente adelantado y apuntando hacia el contrincante, el derecho desplazado en un ángulo de casi noventa grados con respecto al pie izquierdo; las rodillas levemente flectadas; la parte superior del cuerpo suavemente cargada a la derecha (pero con mis ojos fijos en la frente del teniente Martínez, en la mitad exacta del triángulo equilátero formado por la línea de sus ojos como base y emergiendo hacia arriba del entrecejo. Mi primer instructor de boxeo, cuando yo tenía quince años, me enseñó que el púgil debe dominar al rival con la mirada (el periodista me ha enseñado que esa treta tiene raigambre en la semiótica gestual). En fin, mis brazos y mis manos reciamente empuñadas dispuestos de tal modo que pudieran proteger indistintamente el estómago, las partes costales y especialmente la cara.
Martínez, mucho menos ebrio que yo, quiso propinarme un low kick (patada) en los testículos para dejarme de inmediato fuera de combate. Pero no llegó a materializarlo: cuando supe, en función directa de mi perspicacia boxeril, que el teniente iba a lanzar una patada a mis bolas, comencé a rodearlo, a bailar alrededor suyo.
Debo puntualizar que, aun enloquecido y casi ebrio, no se me pasó por la mente usar los pies para neutralizar al teniente Martínez: los boxeadores usamos los pies sólo para sostenernos y para hacer bailar al contrincante. El periodista me ha explicado que la caballerosidad boxeril impide golpear con los pies. Me ha dicho que sir Arthur Conan Doyle escribió en varias de sus novelas que los brazos están pensados por el Demiurgo como armas de combate y que los pies fueron pensados para bailar y para avanzar (ya que nunca para retroceder).
Yo estaba medio ebrio y muy obnubilado por los efluvios de la pólvora en combustión, pero estoy seguro de que no desmerecí como boxeador. El olor a pólvora no me mareaba. Martínez, en cambio, no tenía necesidad de oler pólvora (creo, además, que nunca amó el olor a pólvora: no fue jamás un guerrero. Yo sí lo soy): se mareaba por la ingesta previa de Blanco Beronia, con mi baile y con mis ojos apuñalando despiadadamente su frente.
Hice durar el baile unos tres minutos hasta que llegó el momento. Martínez mostró un rictus (aspecto fijo o transitorio del rostro al que se atribuye la manifestación de un determinado estado de ánimo) de pérdida de la alerta combativa. Estaba muy mareado.
Lo amagué dos veces con un jab de izquierda y le zumbé de inmediato un potentísimo cross de derecha hacia su boca elegante y traicionera de Antonio Banderas.
Eso fue todo. La Blanca estaba histérica. Desde que los encontré abrazados (sospecho que ya se habían besado porque después pude recordar que la Blanca tenía el cuello enrojecido), la pobre no hizo sino sollozar de modo incoherente. Sabía que me había cagado con Martínez. Es posible que el error haya sido mío: yo no debí hablarle de mi teniente como le hablé (el periodista ha llegado a decirme que en cada hombre se esconde una bestia, pero en cada mujer, además de una bestia, hay también una puta. Ahora bien –agrega–, la huevonería es patrimonio de nosotros los varones).
Martínez cayó de espaldas y azotó su cabeza contra el pene de un horripilante Fauno marmóreo. La Blanca salió corriendo en dirección a cualquier parte. Se perdió entre las estatuas.
–¡Lo mataste, Carlos! ¡Lo mataste! –alcanzó a gritar, fuera de sí, varias veces, antes de perderse entre las blancas estatuas de mármol.
En realidad, el teniente tardó algunos minutos en morir. A mí, la curadera se me espantó como por arte de magia: supe que Martínez me miraba con expresión bobina. Sangraba profusamente de la parte posterior de su cabeza, penetrada justicieramente por el Fauno blanco. Yo le sostenía la vista –lo seguía mirando sin piedad en la parte central de su frente de Antonio Banderas– y no me sentía para nada atribulado.
–Carlos…, te pido que… ¡me perdones! –me logró decir con lastimosa dificultad el teniente.
–¿Y qué adelanto con perdonarte? –le respondí brevemente y con la mejor de las indolencias– Total, ya no podremos ser Comandos ¡ni yo ni tú!
Mientras en todo el pub se desataba una atroz parafernalia, yo, muy sereno, logré conseguirme un teléfono y avisé al Regimiento “Buin” lo que había ocurrido.
Todo el resto es casi obvio. La jueza de Garantía me recetó la medida cautelar de prisión preventiva. El defensor público me ha dicho que arriesgo tres años y un día de presidio por cuasi delito de homicidio. Que verá lo que él pueda hacer, pero que el cuento no es nada, nada de fácil.
El Ejército no me respaldó para nada: mi estupenda Hoja de Vida, llena de felicitaciones militares, sirvió para nada. Como tampoco sirvieron todos los comentarios que mi desempeño profesional militar suscitaba: que era un instructor de excepción, que iba a ser el mejor de los Comandos, que era un boxeador eximio, qué sé yo cuántas huevadas más de ese tipo. Y la razón me parece clara: se logró establecer que el difunto teniente Martínez había sido amante en Concepción de una millonaria brasileña, esposa de un enigmático traficante noruego de armas que realizaba ingentes gestiones para que FAMAE de Chile le colaborara en la triangulación del traslado de una partida gigantesca de armas menores y mayores de guerra cuyo destino –con seguridad casi absoluta– eran las FARC de Colombia o un grupo guerrillero mapuche que se estaba entrenando en Bolivia. Martínez había sido destinado, a petición de la Dirección de Inteligencia del Ejército, de Concepción a Santiago, para que sirviera de nexo e informante en una eventual transacción de FAMAE con el noruego. Era un hombre de gustos caros. La brasileña, atractiva cincuentona de trasero inmisericorde, seguía proveyendo las cuatro tarjetas de crédito de mi teniente. ¿Cómo mierda no pudiste cachar que ese huevón era un chanta y un cafiche?, me ha preguntado reiteradamente el periodista.
A decir verdad, no me he sentido demasiado triste. Me atrevo a decir que no estoy loco. Pese a que amé la guerra desde siempre. Y pese a que yo fui campeón de campeones.
El periodista está encarcelado preventivamente por el presunto delito de difamación a un senador de la UDI (sólo aseveró que el personero es maricón contumaz; postergó decir que es pedófilo). Arriesga una condena suculenta.
Aquí estamos él y yo, en compañía de treinta y dos delincuentes primerizos (varios de los cuales, espeluznantemente peligrosos). Pero gracias a su antigua amistad con el cabo Gerardo Mardones, de Gendarmería, el periodista se las arregla para que él y yo podamos juntarnos a conversar tomando mate en la biblioteca del Centro de Cumplimiento Penitenciario. Ahí la privacidad es posible.
Este hombre se encariñó conmigo. Creo que trata de ser el padre que nunca tuve. Es un gallo raro. Defiende ardientemente el consumo responsable de marihuana, lo que entronca en sus propias experiencias. Creo que me encariñé con él. Me dice que aquel horror, el que me enloqueció, pudo haberse visto minimizado si yo hubiera manejado el cuento de mi vida con la yerbita de Dios. Y me ha dicho que, por huevón, me mandaron al infierno del homosexualismo.
Me dice también que es mejor que me olvide de la Blanca; que las mujeres son moralmente irresponsables. Que entienda que en cada mujer aguarda una puta.
La verdad es que duermo bien, es que duermo con suma placidez. Ya he contado que nunca fui violento. Me demoré en contarle al periodista lo que persistentemente sueño: que soy amado por Antonio Banderas.
A la señorita Sandra, la psicóloga de Gendarmería, que me visita casi todos los días por expresa petición del defensor público que me asiste, también le he contado mi sueño recurrente y me ha pedido detalles. He debido decirle que disfruto cuando Banderas me besa ardientemente con esa boca que yo le destrocé con mi cross.
La señorita Sandra sostiene que yo siempre estuve loco. Ella no habla de locura sino (cito) “de una mutación sostenida –¡desde su infancia!– de varios aspectos particulares de su funcionamiento psíquico, don Carlos, principalmente de la conciencia de realidad, lo que se traduce en una disfunción social significativa”. Por mi parte, pienso que hay cosas que, definitivamente, la señorita Sandra, la psicóloga, no entiende. No entiende que desde niño supe de privaciones y de la falta de padre.
El periodista es un hombre de mundo que se las sabe todas (él no lo dice así, pero yo cacho que así es). Me dijo que mi relación con Martínez empezó a gatillar en mí un homosexualismo que siempre estuvo latente y que yo vestí con ensoñaciones guerreras. Me dice también que trate de disociar al teniente Martínez de Antonio Banderas (lo que se me antoja muy difícil). Pero me sigue diciendo que aún es tiempo. Me ha dicho igualmente que no supe realmente medir la distancia entre Martínez y yo; que al aceptar tutearlo fallé como boxeador, en lo cual se conjugaron fatalmente mi huevonería y mis tendencias mariconas obnubiladas.
Lo que yo creo por mi parte es que sólo aquella vez enloquecí.¡A pesar de haber sido boxeador! Y que saldré bien librado de este infierno: a pesar de que me sigo sintiendo boxeador, no descarto acudir a la yerbita de Dios.

sábado, julio 19, 2008

Para Juan Pablo Ampuero


El 14 de julio

Aníbal Barrera Ortega

La verdad es que queremos que al menos en Temuco, el 14 de julio pierda su connotación de francesidad (no sé si la palabra existe, pero lo importante es que se entienda lo que quiero decir). Es que pensamos en que, para Temuco, el 14 de julio debe marcar más bien el recuerdo y la honra de uno de sus hijos putativos más egregios: Juan Pablo Ampuero.

Su nombre civil era Carlos Kayser Ampuero, había nacido en la lejana y no poco enigmática Punta Arenas, llegó a las tierras mapuches de Temuco a eso de los quince años, aquí se quedó, aquí se convirtió en el poeta y narrador Juan Pablo Ampuero, gran señor de la bohemia, y aquí se despidió voluntariamente de la vida. Fue en 2002.

Tanto Kayser como Ampuero lloraron y rieron. Kayser era profesor de inglés; no le motivaba en absoluto tal condición. Pero cuando se traspapelaba en Ampuero la vida comenzaba a revestirle algún interés. Pero, en fin, ese interés terminó por perderse.

Lo recordamos este recién pasado 14 de julio. Fue en la sede siempre acogedora del Partido Socialista de Temuco. Alguien mentó esa fecha como triste, pues es la conmemoración de una muerte; Guido Eytel negó enfáticamente aquello: dijo que el 14 de julio es ahora motivo de alegría porque se está recordando comunitariamente a un huevón entrañable. Y se está brindando en su homenaje, se está brindando con vino tinto tal como Ampuero gustaba de brindar. Dije mal: con vino tinto tal como gustaban de brindar tanto Kayser como Ampuero.

Lo recordamos este recién pasado 14 de julio y nos place contarlo ahora. Queremos que ninguno de estos huevones –Ampuero y Kayser– sea olvidado. Ambos amaron a Temuco, lo amaron a pesar de sus matices claramente sórdidos –¿y qué pasó con el “suicidio” de Pinto Cáceres, tema tan deliciosamente tratado en su novela La Vida se deshace en las Sombras?–, lo amaron y quisieron desnudarlo. Nos parece que lo consiguieron; no deben, pues, ser olvidados.

¿No será posible, don Pancho Huenchumilla –usted que quiere ser senador–, que una de las calles de Temuco se llame o pase a llamarse Juan Pablo Ampuero?

viernes, marzo 14, 2008

A CUALQUIER PERSONA COMÚN


Cristián Warnken
Jueves 06 de Marzo de 2008
A ti
A ti que lees estas líneas, que estás bajando por una de las tantas autopistas de la ciudad en esta mañana de marzo o, tal vez, estás en un vagón del Metro -con la mirada extraviada, como todos los que viajan a esta hora-, o paladeas el primer café y recorres distraído las páginas de este diario, buscando algo que no sabes qué es. A ti, que llevas a tus hijos al colegio y que acabas de no escuchar una pregunta que te hizo tu hija más pequeña, porque estabas pensando en otra cosa. A ti, que acabas de salir de la ducha y te ves un instante en el espejo. A ti, que pasas rápido a mi lado y casi me empujas y no me ves. A ti, que -con apenas 18 años- te levantas con el tedio pegado en el alma y te enchufas al computador para no abrir la ventana de tu pieza que da al jardín. A ti, que miras a tu marido todavía dormir a tu lado, y ves su nuca y su piel gastada, y sientes en el centro de tu pecho un hueco, la sensación de un cansancio del que quisieras huir a miles de kilómetros de ahí. A ti, que estás comprando el pan sin emocionarte con su olor y su temperatura. A ti, que entraste al cajero automático y descubriste que el saldo de tu cuenta era negativo, y sientes miedo, rabia, angustia. A ti, que acabas de dejar a tu niño en la sala cuna y te fuiste sin cantarle esa canción "que a él tanto le gusta". A ti, que acabas de entrar en la oficina y te dispones a iniciar un día igual a todos los días, trabajando sin amor por lo que haces, como pieza de un engranaje que te devora.
A ti quiero agarrarte de la solapa, del brazo -con respeto, pero con fuerza-, a ti quiero detenerte en tu carrera loca y decirte lo que tal vez nadie te ha dicho nunca, porque no se enseña en los colegios ni aparece en los diarios. Yo no soy nadie para quitarte cinco minutos de tu atiborrada y desesperada agenda, soy uno más entre los millones que bajan esta mañana a comenzar un día más en la ciudad. Entonces, ¿por qué habrías de desconectarte de tu "iPod" o apagar tu celular para escucharme? Pensarás acaso que soy un predicador más, un vendedor de seguros, o alguien que quiere robarte a plena luz del día. Sé que me mirarás con recelo, con molestia, con desconfianza.
A ti, que me oyes pendiente de tu reloj, quiero decirte, antes de que desaparezcas devorado por la multitud: "El hombre es desgraciado porque no sabe que es feliz. ¡Eso es todo! Si cualquiera llega a descubrirlo, será feliz de inmediato, en ese mismo minuto. Todo es bueno".
¿Y eso era todo? -me dirás-. Sí, y te digo: todo lo demás, fuera de eso, es nada.
Si te he agarrado de la solapa y te he abordado a esta hora de la mañana de este jueves que escribo es para decirte que eres feliz y no lo sabes. Y que eso que te dije lo dijo una vez un hombre como tú, que se llamó Dostoyevski. Y yo, ¿quién soy para hablarte así, para entrar en tu privacidad y leerte la cita de un ruso que no conoces? Yo soy el muerto. Yo estoy muerto, tú estás vivo.
¿Muerto tú? -me dirás-. ¡Pero si puedo tocarte y verte y oírte!
Sí, pero estoy muerto. Yo me levantaba en las mañanas como tú, prendía la radio como tú, paladeaba un café como tú, miraba distraído las primeras nubes en el cielo, y llevaba a mi hijo al jardín, y no sabía que era feliz, que estaba vivo. No lo sabía, como tú no lo sabes, como no lo saben tantos que no pisan con placer las primeras hojas del otoño, que no se detienen a ver los primeros rayos de luz colarse por la ventana para entibiar la piel del o la que duerme todavía a tu lado.
Pero esto, en realidad, no me lo enseñó Dostoyevksi, sino mi pequeño hijo Clemente, un niño como millones de niños que en este momento son llevados al colegio, un niño que me hizo una pregunta que no escuché una mañana de un jueves como hoy. ¡Eres feliz y no lo sabes! Eso es lo que enseñan los niños que mueren, eso lo aprendemos de un golpe los que morimos con ellos, eso es lo que los vivos como tú no pueden escuchar.

miércoles, febrero 27, 2008

SOBRE NOCTURNO DE CHILE


SOBRE NOCTURNO DE CHILE



Aníbal Barrera Ortega
Periodista

Para quienes hemos tenido la suerte –quizá si a destiempo (lo que no tiene mayor importancia)– de acceder a la formidable prosa de Roberto Bolaño, no nos puede resultar extraño que las traducciones al inglés de varios de sus libros –particularmente, de Los Detectives Salvajes– estén triunfando actualmente en el no poco exigente mundo literario de los EE.UU. de A.
Es ya un lugar común que traducción es traición, tema que exigiría un extenso análisis semiótico-lingüístico (lo que excede el propósito de este comentario). Pero podemos afirmar que resulta plausible la hipótesis de que la prosa de Bolaño no ofrece riesgos mayores de traducción a cualquier idioma en virtud de su ritmo lírico y de sus omnipresentes y frondosas metáforas (¿no será que lo metafórico suele ser de fácil tránsito de un idioma a otro?).
El estilo narrativo de Nocturno de Chile, el febril y tormentoso monólogo de un presbítero del Opus Dei –que no es otro sino el reverenciado José Miguel Ibáñez Langlois, (a) Ignacio Valente– nos presenta un ritmo que fascina por estremecedor y, a la vez, es la descripción genial del duro anatema a la aparentemente imbatible figura del clérigo y crítico literario. Un anatema que es presentado por Bolaño como autoinferido.
Nocturno de Chile es, por otra parte, una expresión casi inocente del inmenso bagaje cultural del escritor, una suerte de sacerdote de la literatura. En esta perspectiva, la breve novela encierra una suerte de confrontación entre la religión fundada en una divinidad creadora y la religión de los creadores literarios (necesarios rivales de Dios). En esa dirección, es muy pertinente recordar el epígrafe de Los Detectives Salvajes:

–¿Quiere usted la salvación de México?
¿Quiere que Cristo sea nuestro rey

–No.

Malcolm Lowry

Nos parece que la prosa de Bolaño está (religiosamente) destinada a sacudir el actual panorama de la literatura chilena e hispanoparlante. Y nos parece que Nocturno de Chile alegoriza de modo formidable lo que ha sido la cíclica y tumultuosa vida de nuestro país.

jueves, febrero 14, 2008

Cuento Nocturno


CUENTO NOCTURNO

Al empezar a escribir no estaba cien por ciento seguro de la pertinencia de su escrito, de la validez de contar todo aquello. Pero por otra parte, no evitaba mayormente pensar en que quizá si aquélla sería su última intentona literaria.

Estaba cansado. O más bien se cansaba con frecuencia (a lo menos tres veces por semana). No, no era ése un tema que tuviera que ver con su edad, con sus casi sesenta y cuatro años. En lo puramente físico, su vigor era superior al de sus veinte: hacía gimnasia de cierta intensidad (al estilo de la que practican los militares ingleses) casi todos los días (la excepción se producía cuando el vino nocturno le pasaba la cuenta al despertar) y practicaba kung fu (arte marcial chino) tres veces por semana.

Se cansaba con frecuencia al recordar lo equívoca que había sido su vida y los múltiples e intensos dolores que ello había gestado.

Y esas noches lo acometían sueños agobiantes e inciertos. Al despertar, él no hacía sino atribuir sus pesadillas a la ingesta de alcohol nocturno. Pudo cambiar de opinión cuando una exquisita psicóloga lo notificó que el vino no era sino una variable más en medio de su abigarrada psiquis.

Y, ahora, cuando se disponía a empezar a escribir había evitado escrupulosamente el consumo de vino tinto, reemplazando el brebaje bendito e invencible por una caótica infusión de hierbas. No estaba totalmente seguro de la necesidad de contar todo aquello, pero sospechaba que los plazos se le estaban terminando.

El sueño empezó a rodearlo. No evitó sonreír brevemente cuando escribió que no era del todo descartable que Morfeo haya atinado a librarlo de las veleidades de los dioses (hablaba de Nietzsche cuando pensaba en los dioses y de Morfeo luego de haber comenzado a interesarse por la mitología griega).

No se dio cuenta del todo cuando comenzó a verla, la visión era primero imprecisa: se escuchaba de fondo la tradicional marcha alemana Erika –la favorita de Pinochet– y un difuso mal olor parecía querer enseñorearse en el ambiente inmediato (hablamos de la sala de trabajo y de reposo nocturno de nuestro hombre). La visión empezó a corporizarse de a poco y de a poco un inédito terror empezó a embargarlo. El proceso duró algunos minutos antes de que ella se manifestara del todo. Era Lucía Hiriart Vda. de Pinochet, se la veía joven, posiblemente de unos treinta años, parecía estar armada con algún instrumento: ¿posiblemente un látigo? Lo estaba mirando fíjamente aunque por momentos dirigía la vista de reojo hacia cualquiera de los lados. Se dijo que él conocía bien esa mirada torva.

–Señora… –atinó a decirle con suavidad.

La mujer lo miró con suma severidad. A él no le resultaba posible establecer el instrumento que portaba doña Lucía, pero supuso fundadamente que la situación era muy peligrosa. Quiso encender un cigarrillo pero ella se lo impidió.

–Mire, joven –lo increpó con su consabida voz chillona–, yo no sé cómo se atreve usted a tratarme de señora después de todo lo que ha propalado sobre mi persona.

Los ojos jóvenes de la ex Primera Dama estaban ahora horadándolo, él supo que esto era el final. La mujer levantó su brazo diestro y se dispuso a descargarle el primer latigazo sobre las manos que aún reposaban sobre el teclado del computador.

Cuando el látigo llegó a su destino, nuestro hombre despertó completamente bañado en sudor. Al día siguiente, habría de colegir que todo se había debido a la caótica infusión de yerbas que estaba bebiendo. Pero, no obstante eso, optó por renunciar a escribir: aquel tema no era para nada pertinente. En realidad, todo su bagaje temático literario era demasiado impertinente. Y ésa debió ser la razón por la cual optó por el suicidio.

jueves, febrero 07, 2008

CARTA A LOS MEDIOS DE PRENSA


Temuco, 6 de febrero de 2008.


Señor director:

El ahora retirado general Gonzalo Santelices no es culpable, no lo es en absoluto. Su paso a retiro –que, estoy cierto, respondió a una decisión y a presiones institucionales, y no fue para nada voluntaria– es injusto. Completamente injusto. Es falaz lo afirmado por el abogado Héctor Salazar en cuanto a que Santelices “pudo haberse negado, como se negaron muchos de los oficiales de la época, a cumplir este tipo de órdenes, y no les pasó nada” (Radio Cooperativa).
Yo también era subteniente en aquellos días de aquelarre. Y no sé de ningún oficial de las Fuerzas Armadas o de Carabineros que se haya negado “a cumplir este tipo de órdenes” (muy distinto es el caso de algunos uniformados, manifiestos simpatizantes del Gobierno del Presidente Allende, que fueron separados de sus cargos el mismo 11 de septiembre de 1973 e inmediatamente encarcelados, vejados y torturados).
Después del inicio de la tragedia, ningún oficial se negó a cumplir órdenes homicidas. Y la razón es clara: estábamos completamente convencidos de la plena justicia de todo cuanto se obraba. Es que se nos mintió pérfidamente. Se nos habló de la necesidad de destruir el terrorismo marxista. Se nos contó historias sórdidas acerca de lo que comunistas, miristas, socialistas, mapucistas y cristianos de izquierda pensaban hacer con nosotros y con nuestras mujeres e hijos. Se nos convenció de la existencia del Plan Z.
Ahora bien, ¿era la superioridad militar de aquellos días la culpable única de todo aquel hervidero de embustes? No, ciertamente. Había toda una “intelectualidad” que vestía de civil –proveniente sin duda de los mismos sectores políticos que habían logrado convertir a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile en una retahíla de obsecuentes– urdiendo y difundiendo historias macabras. Sembrando el odio que es capaz de engendrar torturadores psicóticos y asesinos.
Santelices, señor director, no es un asesino. En aquellos días, se limitó a cumplir una orden imposible de soslayar, una orden cuya validez él no podía objetar. Santelices estuvo, está y estará seguro de haber cumplido con su deber de militar. Es grosero decir que después de la masacre que tuvo que contribuir a perpetrar haya sido un corcho que “flotó en aguas turbulentas” (la metáfora corresponde al abogado Salazar). Él nunca se supo culpable.
El general Santelices no es un asesino. Hay muchísimos asesinos que no vistieron uniformes militares en aquellos días y que hoy viven su vejez con una placidez envidiable.



ANÍBAL BARRERA ORTEGA
Periodista
Capitán de Ejército ®
Exonerado Político

miércoles, enero 02, 2008

DECLARACIÓN DE INTENCIONES I


DECLARACIÓN DE INTENCIONES I

Carmen: la Vero está gorda.

Juntos iremos con las golondrinas.

¿Qué vamos a hacer? Diríamos que vamos a hacer una declaración de intenciones frente al futuro. Y frente al presente –el presente, no lo olvidemos, actualiza los pasados y potencia los futuros– y frente al pasado: ¡a lo hecho, pecho, y sea lo que Dios quiera!

Queremos enmendar errores y equivocaciones. Y ocurre que sabemos de nuestras equivocaciones pero no de nuestros errores: nos cuesta sentirnos culpables. Creemos que las culpas se correlacionan con nuestros errores y no con nuestras equivocaciones (¿será pertinente explicar que errores y equivocaciones, si bien pueden parecerse, son cualitativamente diferentes?)

¿Qué vamos a hacer? Vamos a definir nuestros objetivos de vida (y de muerte: la muerte es también un objetivo pues es urgente e imperioso aprender a morir. Aprender a saber por qué uno muere).

¿Comenzaremos por abandonarla? No lo sabemos aún: no es fácil ni es digno abandonar a una compañera que nos ayudó a recomponer la vida. Que ayudó algún tanto –más de algún tanto– a nuestra vida dura y solitaria. Así como nunca fue fácil abandonarla a ella, a la madre de mis hijos.

Carmen: la Vero está gorda. Y ¿sabes? Su gordura es malsana.

Juntos iremos con las golondrinas…

(Sigue)

viernes, diciembre 28, 2007

Clemente


Cristián Warnken. Jueves 27 de Diciembre de 2007. El Mercurio.

Clemente:

Llora por ti tu jardín, que siempre insistías en llamar "mi jardín". Llora el intruso gato blanco y negro, que merodeaba por las tardes y que tú llamabas mi gato amigo. Llora el cerro Manquehue, que veías desde la ventana de tu pieza. Llora la plaza de Almirante Acevedo, alrededor de la cual corrías una y otra vez, como un Forrest Gump de tres años. Lloran los resbalines que te vieron crecer en temeridad y por los que te lanzabas con gozo. Llora la montaña del camino de La Pirámide, destrozada por la construcción de autopistas y a la que decías "pobre montaña". Llora tu nana, a la que llamabas "mi reina", "mi Karencita hermosa", piropero precoz.
Lloran las fuentes de agua, ante las que te quedabas en éxtasis mirando caer el agua, el agua que te asombró más que nada en el mundo, el agua de los ríos, el agua de las llaves de agua de la casa, que abrías sin cesar, el agua del mar, oh, tu locura por el agua, Clemente, toda el agua del mundo llora por ti, y mana en nuestras lágrimas.
Lloran por ti Whinnie the Poo y Tigret y Christopher Robbin, y todos sus amigos, porque en sus libros de aventuras te sentías en familia. Tú eras como Whinnie the Poo, tierno, goloso, amical. Llora por ti tu chupete gastado y fiel, que intentamos vanamente botar tantas veces y que ahora te espera sobre la almohada vacía. Lloran por ti las esculturas del Parque de las Esculturas de Pedro de Valdivia, donde fuimos el día antes de tu partida, a correr, a subir al olmo gigante; llora por ti la escultura del ángel sin cabeza que miraste extrañado, llora por ti la librería Ulises, donde estuvimos esa misma tarde y donde hojeaste libros sobre un sillón de cuero. Llora por ti el libro de "Willie, el oso", que te regaló esa tarde Benjamín, el librero, y que no alcancé a leerte.
Llora la escalera de madera de nuestra casa, que bajaste todas las mañanas de tus días. Llora el espejo del baño hacia el cual te empinabas para mirarte, como si fuera extraño tu propio rostro, oh, hermoso, demasiado hermoso para durar aquí, al otro lado del reflejo. Llora la canción "Cangrejito" del grupo Zapallo, que bailaste tantas veces y querías volver a escuchar, pero que se perdió en algun rincón de nuestro bello desorden. Llorará la lluvia en invierno cuando no te encuentre debajo del panel de vidrio, mirándola gota a gota. Lloran los caballos del Club de Polo que siempre venías a espiar. Lloran los cuadros de Santos Guerra que cuelgan de nuestras murallas, y el pueblo de cuento y sus personajes a los que saludábamos como si fueran reales, el hombre del paraguas verde, tus amigos al otro lado del sueño. Llora la playa de Wailandia, donde corrimos mojándonos los pies con las olas, qué fiesta, qué gritos, qué risa. Lloran las gaviotas que pasaban por ahí, llora el restaurant Caleuche, donde fuimos a ver la puesta de sol con Angélica y Laura, llora el rayo verde que nunca se hizo ver. Llora el Estadio Santa Rosa de Las Condes, donde apenas empezabas a ir a clases de fútbol, estadio que desaparecerá, como desaparece todo y todos, porque somos un duelo sin fin. Llora el Parque Forestal donde naciste, llora la calle Ismael Valdés Vergara. Lloran los taxis en los que te gustaba que te llevara en las mañanas a tu jardín. Lloran los tres cojines que tú mismo instalabas obsesivo, hasta que quedaran perfectos (y tu decías "perfecto"), adonde posabas tu cabecita llena de rulos para tomarte tu mamadera. Todos lloran, también tu piscina amada, que te vio, dichoso, nadar, ¡cómo llora desconsolada! Lloran las cosas que tocaste, los lugares donde anduviste, y lloramos nosotros, ya sin lágrimas.
Entonces, ¿por qué ríes, por qué tu cara pura de niño muerto insiste en reír, mientras todos lloran sin consuelo? ¿Por qué ríes, Clemente, amor mío, dolor nuestro?

jueves, diciembre 27, 2007

La tragedia que ignoró el comandante Robledo


La tragedia que ignoró el comandante Robledo

El Estornino

Fue una experiencia muy interesante (lo sigue siendo: es mucho lo que hay que contar al respecto), te lo aseguro. Yo estuve en aquella guerra… Bueno, no llegó a ser guerra pero estuvo a minutos de serlo.

La tarde no quiere morir en este día 21 de diciembre de 1978. El sol poniente proyecta sombras gigantescas e imprecisas sobre el vivac del batallón liviano del Regimiento Reforzado Nº 17 “Los Ángeles”. Gigantescas, imprecisas y francamente malolientes sombras para el teniente coronel Robledo, comandante de la posición defensiva de Piedra del Indio que –se supone en la planificación operativa de la III División del Ejército de Chile– deberá rechazar en pocas horas más –para ser exactos, en nueve horas más: a las 3 de la madrugada del 22 de diciembre de 1978– la embestida bélica de fuerzas argentinas muy superiores. Incomparablemente superiores.

(Yo siempre he sostenido –hasta hoy– que la superioridad material argentina no habría mellado la superioridad del espíritu militar chileno; pero puedo estar equivocado).

El teniente coronel Nibaldo Robledo Santelices –oficial del Ejército de Chile desde 1961–, a quien su señor padre siempre reprochó que se haya hecho militar, como se lo exigió su señora madre desde su primera infancia– huele un destino que hasta calificaría de trágico si supiera cabalmente qué significa lo trágico. Lo sabe de manera muy vaga, lo que terminará por ser mejor para él.

Robledo asume que morirá en nueve horas más; lo percibe a nivel olfativo en las sombras gigantescas que los roqueríos aledaños a los pasos fronterizos Pichachén, Desecho, Picunleo, Pilunchaya, Copulhue y Copahue abalanzan, claramente presagiantes, sobre el vivac del batallón liviano de infantería.

Siempre queda la duda. Robledo viene atisbando desde hace mucho tiempo que su cónyuge, Laura, bien podría cometer adulterio con ese abogado de Concepción, sospechoso entonces de ser un comunista de mierda. Y, como es obvio, le acongoja en grado sumo estar a nueve horas de morir por la patria (piensa que caerá abatido por los primeros obuses de la poderosa artillería argentina). Y de morir, muy posiblemente, en los precisos momentos en que el abogado comunista de mierda esté produciendo el tercer o cuarto orgasmo en Laura esa noche.

Robledo masculla una extensa e intensa maldición en contra de su difunta madre mientras camina entre el vivac y los puestos avanzados de combate.

Yo estuve en aquella guerra…

Entre muchas otras interesantes motivaciones, los hondos tormentos de mi comandante Robledo me llevaron a considerar seriamente el enigma del destino humano y de la profesión militar (que era también la mía) (me puse a estudiar semiótica y a hurgar en el sentido de lo trágico).

Como es bien sabido, la guerra terminó por no ocurrir (es indudable que estuvimos muy cerca, pero, a mi juicio, los argentinos no nos hubieran sacado cresta y media como se suele repetir; así me lo dicta al menos mi difuso orgullo de ex militar).

Pero a Robledo siempre le quedó la duda en torno a las aventuras adulterinas de Laura. Nunca ocurrieron según me lo dijo ella mucho después, pero a mí también me queda la duda.

Robledo olía un destino que hasta habría calificado de trágico si hubiera sabido cabalmente qué significa lo trágico. Lo ignoró pese a olerlo. Y la depresión siguió haciendo de las suyas.

Y ésa es la única razón y causa de que se haya suicidado hace pocos días, aquí en Santiago, con su pequeña pistola Starlet de cargo particular y de magro calibre. Sin la menor duda, un desenlace funesto. Una tragedia.

Afortunadamente, Robledo no llegó a saberlo bien.

martes, diciembre 04, 2007

TEMA DE TANGO


Tema de tango

Rafael Storni

Nunca la había complacido asistir sola al Teatro Municipal de Temuco, ambiente que para ella revistió siempre especial importancia: le resultaba gratificante que sus numerosos conocidos y escasos amigos supieran que sus bríos de mujer intelectual claramente ligada a la magia suprema del tango estaban siempre acompañados por un varón recomendable.

Pero esta vez no lo había; no le era posible estar acompañada de varón alguno, recomendable o no. Se le había dicho que debería asistir al Tercer Concierto absolutamente sola pero acompañada de “una reciedumbre personal absoluta”. Debería llegar, como siempre, manejando su propio vehículo y exactamente a las 19:45. Fuera de resultarle más bien interesante el repertorio musical de esa oportunidad, ella no sabía exactamente a qué iba. Pero, bueno, 500 mil dólares son 500 mil dólares.

Ocupó sin la menor dificultad la ubicación consignada en el boleto de entrada: T-4. Se le había dicho que, pese a su lejanía del escenario –“o si se prefiere, por su lejanía”–, el asiento era inmejorable. Pero ella no sabía el porqué.

Aprovechó la difusa iluminación ambiental para instalarse los lentes y hojear las notas del programa. Fue así que supo que Peer Gynt, el personaje central del drama homónimo de Henrik Ibsen, cuya música incidental había sido encargada a Grieg, era un soñador inconsecuente y carente de convicciones que dejaba todo a cargo de su fantasía. No evitó sonreir: siempre sospechó que a ella le ocurría lo mismo. Ella es (era) una mujer fantasiosa.

Cuando empezó a oírse la voz melosa y siútica del locutor oficial del Teatro Municipal de Temuco, que conminaba con falsa bondad a apagar “los aparatos de telefonía celular” y a “no hacer uso de elementos fotográficos, fílmicos o de registro de video”, ella estaba pensando en cuán puta era realmente. Y estaba recordando al autor de estas líneas cuando, no hacía mucho, le había dicho que, de modo tan misterioso como inexorable, en cada hombre hay una bestia, y en cada mujer, una ramera.

Y ella comenzó a apagar su celular, no sin antes comprobar la hora: eran las 20:15. Restaban exactos cuarenta y cinco minutos para las 21:00, la hora de encender el celular y pulsar la tecla *.

Irrumpieron los aplausos cuando el director de la Orquesta Filarmónica Municipal de Temuco advino al escenario desde el costado derecho del enorme proscenio.

Ella logró llegar a decirse que ese hombre –“quizá si con excesivos pergaminos para lo que merece esta ciudad de mierda”– había logrado triunfar en la cruenta batalla de la vida (algún tiempo después, ella, muy cerca de la definitiva locura, habría de confesarme que siente envidia por David Armas. Así se llama el director de la Orquesta Filarmónica Municipal de Temuco. Pese a que siempre supo que su soberbia de mujer artista e inequívocamente inteligente, además de bella y sensual, le impedía tomar contacto con cualquier expresión de envidia).

Aún estaba en lo de los excesivos pergaminos de Armas, cuando la Filarmónica obsequió a los no pocos asistentes al Tercer Concierto de la Temporada 2007 del Teatro Municipal de Temuco los alegres y bucólicos sones del primer movimiento –Morgenstemning– de Peer Gynt, Suite Nº 1, Op. 46, del noruego Edgard Grieg. Mecánicamente, ella miró su reloj. Eran las 20:18 de ese día frío y húmedo de julio de 2007. Deploró no saber en absoluto la duración cronológica del Opus 46 de Grieg, lo que era irrelevante: su tarea era activar la tecla * exactamente a las 21:00.

En realidad, ella no conocía mucho de música; lo suyo era la pintura en acrílico de los inconfesables y altamente sensuales secretos que ocultan los tangos.

Ella había estado presente en algunos de los días que duró su muestra pictórica Metonimias del Tango en la sala de exposiciones de la plaza Aníbal Pinto de Temuco. Allí llegó a verla el autor de estas líneas. La besó en su frente morena y apetecible (para mí, ella toda entera sigue siendo apetecible a pesar de lo trágico de este desenlace). No se atrevió a la menor audacia. Ni siquiera a acariciar con avaricia, con la palma de su mano derecha, la espalda desnuda de esa mujer ataviada como hembra de tango (a decir verdad, si yo hubiera sido audaz frente a ella en las muchas circunstancias en que estuvimos cerca, la historia sería muy otra). Solía ser el varón recomendable que le hacía discreta compañía en la sala del Teatro Municipal; pero, en fin, él era más equívoco que recomendable.

Le dijo que ella tenía una buena posibilidad de hacerse de buen dinero. Ella contestó que el tema le interesaba mucho, mucho. Él no quiso extorsionarla. Era un secreto funcionario pagado por una anatemizada organización internacional, pero nunca renunció a pensarse como un hombre caballeroso. Bien pudo aprovechar la oportunidad para pensar en desnudarla al compás de Los mareados, en la voz deslumbrante de Adriana Varela, pero, una vez más, optó por evitarlo.

–La misión tuya sólo consistirá en asistir –¡en asistir sola y con una reciedumbre personal absoluta!– a ese concierto de la Filarmónica. Tendrás una ubicación excelente y te entregaremos un teléfono celular. Deberás encenderlo a una hora que ya te indicaremos y pulsar de inmediato la tecla *. No te puedo decir nada más. Esa misión te va a reportar 500 mil dólares… ¡En billetes contantes y sonantes! –le dijo de corrido media hora después, en el café Moro de Temuco.

Ella debió pensar en que 500 mil dólares son 500 mil dólares, lo que equivale a decir la solución a más del noventa por ciento de algunos de sus problemas. Claro que no le hacía la menor gracia incursionar solitaria en el Teatro Municipal ni el supremo sigilo que debería orlar su misión. Ni pispaba tampoco aquello de la “reciedumbre personal absoluta”. Él se vio en la triste obligación de notificarla que no respondería ninguna pregunta más acerca del tema. La respuesta a la proposición –consistente sólo en la escueta locución I’ am Gracia– debería darla por correo electrónico en tres días más; la casilla respectiva la anotó en una hoja de cuaderno. Casi amenazante, él le dijo que esa hoja debería ser quemada inmediatamente después.

Nerviosa y todo, optó por dejarse arrobar por la música. La barcarola que describe el amanecer le entregó alguna serenidad. Dormitaba a ratos, pero cada quince minutos cotejaba la hora en su reloj.

A la hora señalada, encendió el diminuto aparato de telefonía celular. La súbita luz la encandiló brevemente y originó la protesta del varón que estaba sentado dos asientos hacia su derecha:

–Apague esa weá, pu iñora.

Ella –mujer de naturaleza agresiva– hubiérase levantado a abofetear al roto grosero. Pero, en fin, 500 mil dólares…

Oprimió la tecla * y volvió a sumirse en los magistrales compases –Alla Marcia e molto marcato-Più vivo– de la postrera cuarta parte de Peer Gynt.

Quince minutos después, David Armas, reverencia tras reverencia, empezó a ser ovacionado de pie. Ella hizo lo propio.

Al cabo de tres minutos, casi todos los asistentes salieron a estirar las piernas o a desocupar sus vejigas. Ella salió al hall del teatro y encendió un cigarrillo.

No le fue fácil ubicarla entre la marejada. Por fin la vio: casi aterida de frío en su escotado e irresistible vestido de mujer tanguera, fumaba con clara impavidez en el exterior del Teatro Municipal de Temuco.

–¿Qué pasó? –le dijo con inconfundible violencia.

–¿Por qué? –respondió Graciana con su inveterada altivez de mujer intelectual, tangófila, tangómana y tanguera.

–¿Apretaste la tecla a las nueve? –le consultó en forzada y furiosa sordina.

–¡Por supuesto! –volvió a responder sin bajar su altivez.

–¡Puta de mierda! ¡Debería abofetearte! –le espetó con odio supremo y se alejó, con más rapidez que la debida, de su lado, hacia una de las salidas exteriores del Teatro Municipal. La operación había fracasado, lo que lesionaría gravemente su prestigio de agente residente.

Por cierto, Graciana no entendió nada, pero estaba gravemente herida. Él –su única y real esperanza de poder seguir haciéndole pelea a la vida, el hombre recomendable con el que le complacía mostrarse en el Teatro Municipal de Temuco– la había insultado: ¡Puta de mierda! Y ella se sabía emputecida. ¿Por qué? Porque estaba recordando al autor de estas líneas cuando, no hacía mucho, en una de nuestras sedicentes e intelectuales conversaciones regadas con vino de buena calidad, le había dicho, de modo tan misterioso como inexorable, que en cada hombre hay una bestia y en cada mujer, una puta. Ella no quiso preguntar el porqué, pero el tema le quedó grabado como letra de tango.

Regresó a su ubicación T-4 cuando sonó el estridente y poco elegante sonido de la chicharra que conminaba a volver a las aposentadurías. El hombre grosero pasó delante suyo a ocupar su asiento; ella no se percató.

Durante el intermedio, sin que ella pudiera saberlo, el hombre grosero la había observado con la mayor detención y había quedado prendado de su gallarda majestad de sesentona ataviada con tenida femenina de tango. Había reparado en la aún recia majestad de sus senos precariamente cubiertos por la elipsis del escote de su vestido negro –Gracia solía no llevar sostén– que, además, contaba con una estratégica rajadura al costado de su pierna izquierda, perfectamente adornada por una media transparente que lucía pérfidos rombos rojos y que era sustentada por un botín de gamuza negra cuyas delgadísimas tirillas de sujeción inútil sabían inequívocamente conferir un plus a la gallarda prestancia general de la mujer.

Esa fue la razón por la cual el hombre grosero decidió sentarse al lado de Gracia. Ella, sumida en su angustia lacerante, no lo notó.

Mientras transcurría Konzertino, de Ferdinand David, con sus elocuentes solos de trombón, los caóticos pensamientos de Graciana oscilaban entre su tangomanía y las extrañas circunstancias concretas que ella había vivido desde que él le ofreciera 500 mil dólares. Ella sabía poco y nada de ese hombre enigmático; lo tenía sólo por un periodista bebedor de vino tinto, incansable conversador y mañosamente idealista. Alguna vez, lo sumió en la mitología del tango y llegó a pensarlo como a un misterioso aventurero solitario. Llegó a verlo como a un pasajero itinerante por los arrabales de Buenos Aires y, correlativamente, ella se vio como la prostituta salvífica. Tema de tango, sin duda alguna. Ahora, con el fondo musical de la Filarmónica de Temuco, se sabía prostituta –él le había lanzado el abrumador dicterio de puta de mierda–: había aspirado a poseer 500 mil dólares a cambio de navegar ignota y vilmente en el absurdo.

No sabía qué hacer. Por momentos, deseó levantarse de su asiento y salir corriendo y gritando destempladamente.

Por momentos, quiso mimetizarse con la música que estaba siendo dirigida por David Armas, un hombre a todas luces triunfador. Y envidió –pese a su soberbia– a todos los seres humanos que han triunfado. Se supo –de una vez y para siempre– perdedora en el siempre cruento combate por la vida. Él le había dicho muchas veces: el combate por la vida es siempre cruento; suele negar la vida misma. Y he ahí la razón por la cual en cada hombre aloja una bestia y en cada mujer, una puta.

Mientras la Filarmónica interpretaba Scheherezade, de Rimsky-Korsakov, el hombre grosero deslizó su mano izquierda hacia el muslo derecho de Gracia. Pese a que la más bien leve tocación le resultó sorpresiva, tuvo el mérito de sacarla brevemente de su marasmo. Optó por coger esa mano tosca antes de regresar de inmediato a su caótico ensimismamiento.

Logró decirse que finalizado el concierto, preguntaría al hombre grosero si se atrevía a acompañarla a su casa. Sin duda, Gracia asumía que ese desconocido –al que dirigía cautas miradas de soslayo que le sugerían que era físicamente recomendable– le diría de inmediato: “Eh... Por supuesto, señora”. Con una extraña tranquilidad, se dijo que no tendría porqué no resultarle gratificante estar desnuda en los brazos de ese varón. Hasta sería posible que éste se interesara en sus metonimias de tango expresadas en acrílico.

–¿Por qué no lo van a entusiasmar mis mujeres arrabaleras desnudas? –se preguntó de viva voz en un susurro.

–¿Qué dice, señora? –escuchó preguntar a su vecino, el hombre grosero, a la par que éste ejercía una notoria presión sobre su mano derecha.

–No, no, nada; se lo puedo decir después, cuando termine la música –le respondió Gracia con la terminante serenidad de su voz sensual, que ella vio siempre vinculada a la magia tanguera de Adriana Varela.

La música culminó cinco o seis minutos después. Los aplausos se desataron en la amplia sala del Teatro Municipal de Temuco. Gracia desató su mano derecha de la izquierda del hombre grosero y aplaudió con sincera devoción. El hombre grosero hizo lo propio: aplaudió con un fervor al que no estaba acostumbrado.

–¿Qué duda cabe de que este tipo no valora el arte? –afirmó en clave de pregunta la mujer tanguera, tangófila y tangómana. A despecho de su pasado en el MIR y a su más bien vago izquierdismo actual, ella sostenía que el Teatro Municipal de Temuco no tenía porqué estar al alcance de los rotos.

Cinco minutos después, la amplia sala empezó a desocuparse de su público. Resultaba cómico escrutar las fisonomías de quienes salían hacia el exterior: se les veía complacidos por la gala musical que habían presenciado, pero no poco angustiados por el grado bajo cero que les daría la bienvenida bajo el cielo poco estrellado y archicontaminado de la ciudad del Ñielol.

Diez minutos después, sólo permanecían sentados en la fila T Gracia y el varón grosero. Ella decidió actuar con la mayor calma: ya llegaría el momento de preguntarle si se atrevía a viajar con ella hasta su casa, a lo que él respondería: “Eh... Por supuesto, señora”.

Retiró su mano de la mano del varón grosero y encendió su celular. Esta vez, no hubo protesta alguna. Acto seguido, por un puro y tanguero capricho, oprimió la tecla *.

Los remeció y aturdió la portentosa explosión que se produjo de inmediato en la ubicación del medio de la fila A, la reservada a las autoridades selectas que solían asistir a las temporadas del Municipal. Una cegadora proyección verde-violácea se elevó en una millonésima de segundo desde el asiento A-25, arrancado de cuajo, hacia las placas de madera de abedul que, colgadas desde el cielo de la sala, garantizaban una acústica inmejorable. Casi de inmediato, una de esas placas gigantescas, envuelta en fuego, cayó estridentemente sobre las primeras filas de asientos generando de inmediato un proliferante incendio. En lo alto, el wagneriano chisporroteo de los focos de iluminación parecía querer presidir la dantesca circunstancia.

Gracia se levantó aterrada y corrió desesperadamente, ensordecida por la poderosa onda sonora de la explosión, hacia la salida de la sala. El hombre grosero la imitó, pero gritando a todo pulmón: ¡Ella fue! ¡Ella lo hizo! ¡Ella fue! ¡Ella lo hizo! ¡Deténgala! ¡Deténgala!

Los vigilantes privados del Teatro Municipal de Temuco se hicieron presentes de a poco y vacilaban aterrados ante la incógnita de lo que había ocurrido.

–¡Hay que apagar el fuego! –gritó una vigilante femenina ataviada con una ridícula tenida de corte militar. Acto seguido, la mujer –cuyo nombre es Marta Gutiérrez, según me lo dijo al tiempo después, cuando yo empecé a recapitular el horroroso fracaso de la misión que a mí se me había encomendado: la muerte del agente director de operaciones del Mosad israelita para Chile: Ted Ventura, poderoso aliado del alcalde de Temuco, cuya minuciosa planificación de Inteligencia había conseguido la vergonzosa defenestración del senador Jorge Lavandero– regresó hacia las oficinas del Teatro Municipal en busca de un extinguidor de fuego.

Cuando todas las compañías del Cuerpo de Bomberos de Temuco comenzaron a desplazarse, acompañadas por una infernal parafernalia de sirenas, hacia el lugar de los hechos, Gracia conducía su automóvil Mazda por la calle Senador Estébanez hacia su casa. Iba sola. Había logrado desprenderse de la histeria del hombre grosero que la culpaba de la acción terrorista semiconsumada. Poco rato después, comenzó a beber vino tinto en el recibidor de su casa a la par que escuchaba el último CD de Adriana Varela que había adquirido –Cuando el río suena– en su equipo de sonido.

Nunca podremos saber el porqué del fracaso de la primera pulsación de la tecla *. Uno de los primeros informes técnicos emitidos desde Buenos Aires, sede para las acciones operativas de Al-Qaeda para América del Sur, sostuvo, en términos de mera posibilidad, que la persistente humedad atmosférica de Temuco pudo haber impedido la proyección de la señal desde el celular asignado a Gracia hacia la pequeña antena receptora adosada a la carga explosiva que habíamos instalado quince días antes bajo el asiento A-25.

El agente director de Al-Qaeda para América del Sur había decidido la ejecución de Ted Ventura luego de existir plena certeza de que asistiría, acompañado por el alcalde de Temuco, al Tercer Concierto de la Temporada 2007 del Teatro Municipal. La acción, que me fue encomendada sólo a mí, consultaba la instalación de una carga de dos kilogramos de Composición C-4 en un dispositivo diseñado para el efecto Monroe, cuya particularidad es concentrar direccionalmente la fuerza mecánica de la explosión. De haber tenido éxito la primera pulsación de Gracia en la tecla *, el abominable Ted Ventura habría sido catapultado hacia las placas acústicas del Teatro Municipal. Sus acompañantes, el alcalde de Temuco y el encargado de Seguridad Pública de la Municipalidad, habrían resultado con lesiones de alguna consideración, no descartándose sin embargo que hubieren quedado sordos de por vida. En términos meramente hipotéticos, habría sido un castigo adecuado a sus respectivas pérfidas venalidades. Con la valiosa cooperación de un funcionario del Teatro Municipal –a quien por cierto no puedo nombrar–, yo mismo instalé el dispositivo bajo el asiento A-25. Teníamos plena certeza de que sería ocupado por el abyecto carnicero sionista. De acuerdo a lo que supimos después a través de fuentes confiables, el Mosad se esmeró en silenciar que Ted Ventura se replegó hacia la agencia estadounidense de la organización hebrea de inteligencia afectado por una terminal hipoergía. Las mismas fuentes aseguraron que el cruelísimo agente director de operaciones del Mosad se defecó copiosamente cuando supo lo que le pudo haber ocurrido en el Teatro Municipal de Temuco.

Gracia fue detenida tres días después. Además de las delirantes declaraciones del hombre grosero, no pocos la habían visto huir. Y ella es una mujer sumamente caracterizable por su prestancia de tanguera y por lo penetrante de sus ojos de dama intelectual.

Aún no sé bien si por consejo de su abogado o por propia decisión, la mujer tanguera, tangófila y tangómana repitió y sigue repitiendo que un desconocido le había ofrecido dinero sólo por pulsar la tecla * de un aparato de telefonía celular.

Francamente hablando, estoy arrepentido. Si hubiera tenido la audacia de convertirla en mi amante –posibilidad que siempre me resultó interesante–, todo habría sido distinto.

Sólo pude verla varios meses después. El Juzgado de Garantía se había allanado a internarla en una clínica privada gracias al informe médico presentado por su abogado, que hablaba de que Gracia estaba afectada por una catatonia incipiente pero con tendencia a la proliferación. No pudo extrañarme que no me reconociera y que sólo me hablara amargamente de su fracaso personal y de la envidia que le suscitaba David Armas, el director de la Orquesta Filarmónica de Temuco.

Estoy seguro de que quiso protegerme: mal que mal, alguna vez quiso ser la prostituta salvífica de un aventurero equívoco como yo. ¿Tema de tango? ¡Sin la menor duda!