sábado, febrero 18, 2006

'Comandante Che Guevara'



Capitán Storni


Siempre fue considerado un chiflado, y es que siempre tuvo algo perturbada la razón. Pero su chifladura no estuvo nunca exenta de una extraña y casi indescifrable perspicacia. Bebedor excesivo, solía tener alucinaciones. Hablamos de un ser humano a quien la desgracia se esmera en perseguir sin haber logrado nunca alcanzarlo. A quien, además, siempre –o la mayor parte de las veces– le interesó cuestionar su chifladura.
Esas debieron ser las razones –y no se avizoran posibilidades de que pudieran (o pudieren) ser otras– por las cuales decidió intentar la dilucidación de la más bien difusa imagen forjada en su mente según la cual, a los compases de la canción ‘Comandante Che Guevara’, entonado por la magia erotizante y evocadora del grupo musical español Mocedades, le era posible vislumbrar a varias muchachas chilenas, que se encontraban (y aún se encuentran) cumpliendo el Servicio Militar Femenino Voluntario en el Regimiento de Infantería de Montaña Nº 8 “Tucapel” de Temuco. Y que aparecían en esa más bien difusa imagen mental entonando militarmente, ataviadas con ropaje de guerra andina, esa bella canción, lastimosa apología de la figura de un canallesco violentista:

Vienes quemando la brisa
con soles de primavera
para plantar la bandera
con la luz de tu sonrisa

Las muchachas, todas bellas, habían sido seleccionadas entre muchas otras casi enteramente por la clara excelencia de sus traseros (lo que, por cierto, es un elemento de enorme importancia), estaban ahora ataviadas con la ropa blanca de los soldados andinos, lo cual no perturbaba en absoluto sus encantos y eran acompañadas en su cantar por las bandas instrumental y de guerra del “Tucapel”.
–Me resultaba extraño, muy extraño –escribió en tales intentos exégeticos–. Creo que la palabra es ‘enigmático’. Dice al respecto la siempre ilustre Real Academia Española: “Que en sí encierra o incluye enigma; de significación oscura y misteriosa y muy difícil de penetrar”.
Pero a poco andar –no sé si cuatro o cinco días después, al cabo de una borrachera–, decidió que él, como ex oficial del Ejército de Chile, tenía la obligación de penetrar en ese enigma: ¿cómo puede suceder que la canción ‘Comandante Che Guevara’, hermosamente entonada por el grupo Abba, le sugiriera glamorosas muchachas chilenas que están cumpliendo con el Servicio Militar Femenino Voluntario, que aparecen entonando loas, a los compases estentóreos de ambas bandas castrenses, a una figura histórica que nada tuvo que ver con la gloriosa institucionalidad militar chilena?
Pero también a poco andar, cayó en la cuenta de que en esa más bien difusa imagen mental, una de las muchachas ocultaba paulatinamente a las demás. En realidad, él habría de verla de cuerpo presente en dos oportunidades:
–Cuando me comentaron a comienzos de junio que la Sección Femenina del “Tucapel” sería públicamente presentada en la ceremonia de celebración del Día de la Infantería, sentí la misma vieja rabia. Me repetí que las mujeres nada tienen que hacer vistiendo ropa militar. Fui a la ceremonia ya enunciada –en circunstancias de ese tipo invariablemente me acomete una nostalgia placentera y psicotrópica de mis ya idos días de militar chileno– y las vi: bellas, sensuales y estilizadas, envasadas en los albos uniformes de combate andino que marcaban un abrumador y grato contraste con las tonalidades de sus pieles; graciosas, coronadas por la boina verde oscuro de los montañeses del Ejército de Chile, lo que resaltaba la belleza erótica y sibilina de sus miradas femeninas y la perturbadora placidez de sus traseros –apuntó también nuestro chiflado amigo en su excéntrico bloc de apuntes lingüísticos y semióticos. Pese a su inveterada aversión por la militarización de las féminas, le fue imposible no reparar en una de ellas, que parecía opacar la rutilancia castrense de las demás. Integraba la banda de guerra del Regimiento de Infantería Nº 8 “Tucapel”, a su muslo izquierdo estaba firmemente adosada la caja alemana “Teuber”. Sobre su seno derecho –lo que realzaba encantadoramente el respectivo trocito de género pegado a su tenida de combate– mostraba escuetamente su apellido: Hackernet. Su mano derecha empuñaba firmemente los dos palillos de la caja militar.
Con un casi imperceptible nerviosismo, –que se manifestaba en adelantarse un tanto a las órdenes del comandante de la unidad de formación expresados en los diestros movimientos del tambor mayor– la soldado-conscripto Hackernet golpeaba despiadadamente la caja “Teuber”, contribuyendo así a parir el fragor atronador y redoblante de las cajas de la banda de guerra. A su lado, el cabo Balbuena, alto y gallardo, aporreaba también febrilmente su propia caja bélico-musical. Balbuena se percató muy claramente de la leve inseguridad de la recluta que él había instruido como única integrante femenina de la banda de guerra del regimiento temuquense.
Ese imperceptible nerviosismo tenía a su haber, como se verá, una explicación obvia.
–Yo supe cabalmente que la soldado-conscripto Hackernet era un ser que trascendía lo que para mí era la increíble y blasfema presencia de las mujeres vestidas de guerra en un escenario como el chileno, sedicentemente moderno. La muy hermosa soldado-conscripto Hackernet –nunca lograré saber su nombre de pila pero bien podemos suponer que se llama Rose Marie (o Rosmarí)–…; perdón, yo decía que la soldado-conscripto Rosmarí Hackernet es una fidelísima exponente de la ya fenecida superraza aria. Es bellísima; sus ojos irradian locura, seducción, fiereza y reciedumbre germanas –agregó en su ya abultado y delirante cuaderno de notas–; ¿cómo puede ocurrir que esté cantando la canción ‘Comandante Che Guevara’?
La verdad de las cosas, yo, narrador de esta alucinante historia, no tengo más remedio que decirlo todo: Rosmarí –o como se llamara– cantaba con entera sinceridad y con poderosa convicción la canción ‘Comandante Che Guevara’.

Aprendimos a quererte
desde la histórica altura
donde el sol de tu bravura
le puso un cerco a la muerte.

No tengo más remedio que decirlo todo pues esta historia no puede prolongarse de modo majadero y poco prístino. Cuando nuestro amigo compartió conmigo, hace dos o tres días, unas botellas de vino tinto, quedó muy en evidencia que tiene la sopaipilla pasada: al cabo de tres copas, ya estaba semiebrio, por lo que se vio obligado a dormitar sobre la mesa del bar. Comencé a hojear su desordenado bloc y mi interés fue creciente.
Era su alucinación sin serlo. Él, con su perspicacia de chiflado y con su capacidad para burlar la desgracia, había podido intuir, precariamente pero de modo mágico, una grave vulneración a la seguridad militar. Y él, pese a no tener ahora nada que ver con la retórica castrense, sabía muy bien por cuál lado caminan las vulnerabilidades de la seguridad militar.
Y esto lo digo yo, el narrador, el mítico capitán Rafael Storni: El Ejército de Chile ya empieza a pagar caro el error de haber incorporado mujeres en las nobles filas del Servicio Militar. Puedo afirmar que nada orgánico lo justifica: de lo que se trata es de un prurito de modernidad, alentado por seres como Cheyre y Lagos, y muy del gusto del Fondo Monetario Internacional.
–Es para complacer al feminismo de raigambre judía –bien podría sostener don Miguel Serrano.
Pero, como se verá, el riesgo se empieza a mostrar como mucho mayor.
Rosmarí Hackernet, una muchacha de no más de diecinueve años de bien vivida edad, fue incorporada al Servicio Militar Femenino Voluntario de modo absolutamente no voluntario. Su progenitor, el coronel de Ejército Matías Hackernet, actualmente comandante del Regimiento de Infantería Motorizada Nº 1 “Buin” de Santiago, se había empeñado en que Rosmarí fuera incorporada a la milicia femenina “a ver si así sienta cabeza”. Hackernet había empezado a sentirse sumamente contrariado por lo que él, en su castrense puerilidad, entendía como “difusas ideas izquierdistas”. Fue por eso que tomó contacto telefónico con su compañero de promoción, el coronel Ferreira, comandante del “Tucapel” de Temuco, para pedirle que no dejara por motivo alguno de acuartelar a su hija. De lo que se trata, le dijo, es de que no esté en Santiago con sus melenudos compañeros de la Escuela de Sociología de la Universidad de Chile.
Vienes quemando la brisa
con soles de primavera
para plantar la bandera
con la luz de tu sonrisa
Rosmarí era en verdad una hija rebelde –que, por cierto, no tenía la menor devoción por sus ancestros germanos–, no obstante lo cual la gestión realizada por su padre –a quien despreciaba por ser “un machista bobalicón”– no perturbó sus nacientes quimeras. Sus melenudos amigos la aconsejaron que buscara espacios para la justicia popular en las filas castrenses… ¡Nadie habría de recelar de ella por ser hija de militar!
Ya vestida con la tenida militar de combate, asumió con mucha inteligencia y picardía los ademanes inconvenientes e inesperados de sus instructores. El cabo Efraín Balbuena, por ejemplo –que reparó de inmediato en ella desde el primer día de acuartelamiento–, cayó en la cuenta de que Rosmarí Hackernet no iba a ser seducida por él, motivo por el cual cesó, a poco andar, sus grotescas aproximaciones iniciales. Pero empezó a anidar un deletéreo odio.
–¿Sabe, mi cabo? –le había dicho, irónica y despiadada, la soldado-conscripto Hackernet cuando él se aventuró a tomarle la mano y a intentar besarla en uno de los descansos de la instrucción de la banda de guerra–: No tengo más remedio que decirle que yo soy mucha mujer para usted.
El fuerte rencor de Balbuena –un hombre que se sabe bonito y que sabe detestarse a sí mismo por su poco promisoria condición de futuro suboficial de Ejército– comenzó entonces su proyección.
Es que Rosmarí Hackernet –actualmente procesada en la Fiscalía Militar de Temuco– tenía por misión convertirse en amante del comandante del “Tucapel”, coronel Jaime Ferreira. La idea fundamental de esa incursión amatoria era lograr el acceso al almacén general de material de guerra de la unidad militar. La necesidad era de unos cincuenta fusiles SIG-Famae con su dotación completa de munición, que irían a parar a las manos justicieras de un selecto grupo mapuche de Malleko.
Tu amor revolucionario
te conduce a nueva empresa
donde esperan la firmeza
de tu brazo libertario.

¿Qué más decir? Bueno, que el cabo Efraín Balbuena –dolido y humillado por el desdén de la hermosa mujer –había podido darse perfecta cuenta del amor clandestino entre la soldado-conscripto Hackernet y el coronel Ferreira, y –no se sabe cómo– logró escuchar y grabar una más bien larga conversación entre los amantes. Allí se habló en términos expresos e inequívocos de cómo se haría llegar los SIG-Famae a las manos de los guerrilleros de la Coordinadora Arauko
Malleko de Comunidades Mapuche en Conflicto.
Balbuena, hombre cruel y vengativo, se las arregló para poner en conocimiento de doña Sandra Guastavino, cónyuge del coronel Ferreira, la rutilante infidelidad de su marido y para informar al intendente de La Araucanía que el alto oficial había aceptado colaborar de modo directo y, se diría, completo con la subversión mapuche de raigambre etarra, terrorista y neomarxista.

Seguiremos adelante
como junto a ti seguimos
y con Fidel te decimos:
hasta siempre Comandante
Nuestro personaje, alcohólico y dilecto amigo –hablamos de un ser humano a quien la desgracia se esmera en perseguir sin haber logrado nunca alcanzarlo; a quien, además, siempre –o la mayor parte de las veces– le interesó cuestionar su chifladura–, había llegado a intuir (no sé si sea ésa la palabra adecuada) que estaba en juego una grave vulneración a la seguridad militar. Sin embargo, no estuvo jamás dispuesto a decir que le constaba que la soldado-conscripto Hackernet –a quien llamó arbitrariamente Rosmarí– cantaba con serena pasión y con sutil encanto la canción ‘Comandante Che Guevara’ con el fondo musical del Grupo Abba: primero, todos se habrían reído de él; segundo, él, alcohólico y todo, no era hombre de delaciones ni de forma alguna de mariconada.
Desde los quince o dieciséis años, la muchacha (se llama en realidad Sonia Hackenet –lo vine a saber después–; él la bautizó arbitrariamente como Rosmarí en patético homenaje a una mujer casada que quería ser su amante) se había integrado secretamente como militante de la etapa refundacional (1999) del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, denominada Brigadas Juveniles “Miguel Enríquez”.
Sus aproximaciones a las ceremonias militares le gestaban un sentir bipolar: una mezcla no conciliable entre nostalgia y rencor. Escribió en las páginas finales de su ajado bloc de notas:
–El ciclo se cerró para mí cuando la vi por segunda vez. Me pareció una segunda y macabra ceremonia. La flanqueaba el maldito cabo Efraín Balbuena, su humillado pretendiente y triunfal delator, que tomaba su antebrazo derecho en función de conducirla. Ella llevaba las muñecas esposadas. Su recia y fiera gestualidad –facial y de toda su gallarda anatomía incluido por cierto el brioso trasero de walkyria nórdica– era altiva y dionisíaca. Sobre su seno derecho, sólo su apellido realzado: Hackernet.
“Cuando la vi por primera vez, no quise delatarla; la segunda vez, en patética ceremonia, estaba ya delatada y la conducía su delator. Yo no había querido delatarla porque dejé de sentir afecto por lo militar aun cuando lo militar sigue siendo inexorablemente parte de mi vida ya casi agotada.
Ahora deseo que a ella no le vaya demasiado mal. ¡Y he de esmerarme porque así sea!”.
Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia,
Comandante Che Guevara.

lunes, febrero 06, 2006

¿Escucharás mi relato?


Duque de San Carlos

¿Qué cuentos prefieres, soñada dama? ¿Podré estar seguro de que desees escuchar un cuento?
La música es bella. Casi insondablemente bella. La noche se las trae con una dulce levedad. ¿Qué habrá de ocurrir?
Es claro que la marihuana ya ha hecho de las suyas; es claro que siento la asistencia de la inspiración. Pero ¿qué sentido tendrá que escriba que yo te digo, ahora mismo, que estoy esperando a un amigo (no te diré, por ahora, a un amigo abogado) a cuya mujer he terminado por convertir en mi fantasía sexual (y hasta amatoria) favorita.
La noche es leve, soñada dama mía, han decrecido hasta casi cero los ineluctables rumores exteriores. Ineluctables, pese a que la marihuana ayuda a ignorarlos. Yo necesito estar lúcido; necesito progresar en mis precarias condiciones de escritor. De narrador (en realidad, más que precarias, poderosas y abundantes pero impotentes).
Necesito saber contarte este cuento aun cuando no desees escucharlo; estoy casi seguro de que terminará entusiasmándote (nótese que he aprendido a validar los “casi”), ya que estoy seguro de que terminarás por aceptar navegar con la yerba bendita (Joaquín Sabina habla de la yerbita de Dios; yo prefiero hipotetizar en cuanto a que la marihuana cuenta con la bendición de los dioses sin que pertenezca necesariamente a cualquiera de ellos). Estoy seguro de que darás varias chupadas a mi cachimba aprovisionada con marihuana de buena calidad.
Fíjate: la música insiste, impertérrita (nunca he logrado asustar a la música, menos aún cuando expresa a Wagner), en su belleza que aprisiona. ¿No es mejor que te dejes aprisionar por la música, que des de inmediato un par de chupadas a mi cachimba y que, a través de esa precisa vía, te hagas vitalmente cargo de mi relato.
Yo necesito que me escuches. Que sepas –aun cuando parcialmente– de mi verdad fundamental… Ah, ¿entonces quieres escucharme, dama soñada?
Pues bien, algo alcancé a decirte acerca de la señora de un amigo. Te acoto que es bella y distinguida, y que me ha dado señales leves pero inequívocas de que quiere tener una aventura conmigo.
Me tengo que preguntar (lo que es parte sustancial de este relato) qué he de hacer contigo. Cómo he de tenerte, destructivamente desnuda, en los brazos de un señor de las ensoñaciones.
He de sonreirte de modo persistente con esa nueva sonrisa que luce la parte superior de mi dentadura afrentosamente postiza, mueca que es recomendada por una ilustre y apergaminada sicóloga en términos se ser ese estilo de sonrisa una suerte de credencial de generosidad y de empatía (capacidad ésta para identificarse con alguien y compartir sus estados de ánimo).
–¿Para qué? –te estarás diciendo tú, mujer casada con mi amigo abogado– si tú eres un gallo formidable con sonrisa o sin sonrisa.
Y yo he de contestarte:
–Parece que escuchaste mi relato.

viernes, noviembre 25, 2005

En torno a los rotos







Antes de entrar en materia, como una suerte de introducción, hemos de ofrecer a todos cuantos sean posibles el sentido de lo que escribiremos. Parece surgir una primera pregunta: ¿por qué hablar de los rotos? En realidad, ésa parece una pregunta posterior a otra: ¿Qué son los rotos? O, si se prefiere, ¿quiénes son los rotos?
Intentaremos ingresar en esas arduas preguntas. Arduas, porque a decir verdad me gusta casi nada hablar de los rotos: yo odio a los rotos. Pero aun así, es un tema que merece ser tratado: es una clara necesidad social que todos sepamos saber qué son los rotos, quiénes son y dónde están.
Dicho lo anterior, entremos en los meandros de una realidad bastante abstrusa. Lo decimos porque si bien resulta fácil decir qué es ser roto o qué son los rotos, y resulta más bien simple establecer quiénes son, lo enigmático es ingresar en los reductos de los rotos sin morir en el intento.
Ser roto es carecer de modales, es ser un qué sin ser un cómo. Y cuando no se sabe cómo se ha de ir por la vida sencillamente se carece de dignidad. Los rotos no tienen dignidad, no la tienen en absoluto. Un perro bien puede tener dignidad, un roto no puede tenerla. Un roto es un ser despreciable, un ser que merece estar cubierto de escupitajos.
En Chile, nació allá por la tercera década del siglo XIX un arquetipo, el Roto Chileno (así con mayúsculas: los rotos no pueden ser jamás enaltecidos con el empleo de letras mayúsculos). Altamente emblemático de lo que pueden ser los varones de nuestro país, el Roto Chileno –que cuenta con una inolvidable estatua en un tradicional barrio santiaguino, que suele verse emulada en otras ciudades– está instalado en el inconsciente colectivo de nuestro pueblo. Matices más, matices menos, ese arquetipo aún suscita veneración; pobres y ricos se sienten interpretados por lo que el Roto Chileno simboliza: la dureza frente a la adversidad, un cierto fatalismo, emparentado sin la menor duda con la percepción de un destino telúrico. Ese arquetipo sabe muy claramente que el nuestro es un país que debe estar siempre dispuesto a enfrentarse o a vivir lo inexorable.
Y de lo recién expresado se desprende de modo unívoco que los rotos nada pueden tener que ver con los Rotos Magníficos de Chorrillos, Miraflores, Iquique o La Concepción. Los rotos son simplemente rotos de mierda.

miércoles, septiembre 28, 2005

¿Cinematografía?



Comandante Storni

No sé si tenga sentido contarlo; se trata de hechos y de circunstancias más bien triviales: parece que es mucho lo que se ha escrito en torno a las posibles peripecias –a las peripecias posibles– de la humana sexualidad.
Pero la verdad es que yo quiero, al respecto, contar relatos –y, claro, relatar cuentos– imposibles de ser convertidos en cine ni en cinematografía.
¿Qué fue exactamente lo que me calentó de ella? La verdad ha de ser dicha: me formulo tal interrogante porque a mí me ha costado dirimir con ellas. Pocas saben –y quizás si lo hayan contado– que yo fracasé estruendosamente con ellas.
¿Odio a mi madre? No pocas veces lo pensé:
–¿Qué se le va a hacer si tú eres solo? –me dijo uno de esos tantos días de antaño.
Y yo no supe qué contestarle (la verdad es que pocas veces he sabido contestar; sin embargo, ahora sí lo sé, lo cual rubrica mi enfermizo optimismo de escritor). Pero empecé a odiar aquello: la omnipresencia materna en aquellos días de antaño.
Pero botemos lo accesorio: no sirve. Lo que sirve es el yo, delirio de muchos.
Tiene sentido contarlo. Y no se podrá convertir en una película cinematográfica aun cuando casi todo haya ocurrido en el hotel Chapelco –allí en la muy exacta intersección de las calles Cruz y Portales (en la intersección suroriente) de Temuco.
El novelesco autor de estas líneas no podrá ser identificado desde la cinematografía por la muy escueta razón de que es demasiado novelesco: no existe. Pero lo objetivamente importante es que desea fervientemente existir.
Yo quiero poseerla a ella. Ya no tengo demasiado que imaginármela porque ya sé de ella que tiene un enigmático –de significación oscura y misteriosa y muy difícil de penetrar– tatuaje en uno de sus senos: en el del lado derecho.
El del lado derecho de su escotada camiseta deportiva que dice –de derecha a izquierda– Soy tu Diosa.
¿Cinematografía?

jueves, septiembre 22, 2005

El acto de justicia del guatón Carlitos



El cosaco Storni

El guatón Carlitos me lo contó hace algún tiempo. Parecía henchido de orgullo: había sido un acto de justicia. Es que Carlitos es un hombre que dice amar la justicia.
Pero dos o tres días después recibí otra versión de lo ocurrido en el mejor de los saunas de Temuco. No, no había sido un acto de justicia sino un burdo y grosero (aunque plausible) acto de matonaje que el guatón Carlitos generó y protagonizó.
El tema de ese sauna –séame permitida la disquisición– reviste, señores, no poco interés académico. Digo académico en tanto que correlato de la más vibrante de las academias: la semiótica o semiología. En ese sauna los signos son palmarios en el sentido de lo fácil que resulta su análisis. Y, bueno –esto exigiría una muy amplia –extensa e intensa– pormenorización que sin duda desvirtuaría el sentido del presente relato–, estamos ciertos de que la semiótica o semiología es la única manera de saber para dónde vamos los humanos animales.
Al guatón Carlitos le complace singularmente ir a ese sauna. Como que se siente allí protagonista de un acto de justicia: el de la purificación de su aterradora anatomía de ciento doce kilos por el calor castigador de la cámara de madera, casi completamente seco (el instrumento de medición higrométrica allí instalado no ha marcado jamás más de un 30 por ciento de humedad), que debe ser administrado por un interminable y diminuto reloj de arena durante 15 minutos que llegan a ser insoportables. Pero ese suplicio ritual es amorosamente contrastado con la maravillosa zambullida en la gélida agua de una piscina cuya profundidad permite al torturado lanzarse de cabeza a su rara interioridad. Cuando Carlitos se lanza a la danzante agua, todos los demás clientes del sauna temen un cataclismo: es muchísima el agua que desplaza nuestro personaje. Emerge al cabo de un par de minutos de pretendidas briosas brazadas en la precaria longitud de la alberca. Pasea entonces su desnudez objetivamente grotesca en el trance de cuatro o cinco metros embaldosados. Se sabe –se siente– ya redimido de su agobiante fealdad, por lo cual pide a Jano, el muy funcional camarero, que le sirva un whisky doble. Cuando el guatón Carlitos se siente así redimido y nutrido por un alcohol de más de cuarenta grados, reaparece en él la violencia, lo que es la expresión del contenido de su mismidad: él cree firmemente –y es posible que sea ésa la única fe que de verdad profesa– que la vida humana es un constante acto de violencia.
Y es así como súbitamente dice de viva voz mientras reposa en su incierta longitud (ya que lo único cierto en el guatón Carlitos es sólo medible en la latitud de su pornográfica y aterradora barriga) sobre una estera de madera:
–¿Y dónde está el conchaesumadre del Donoso para sacarle aquí mismo la chucha?
La versión entregada a este servidor por el guatón Carlitos es terriblemente diferente. A mí me dijo que cuando él hubo llegado a la cámara del sauna desde la calle, había encontrado al profesor Evaristo Neculmán, aventajado exponente de lo menos malo de los mapuche[1], profundamente triste.
–¿Qué le pasa, mi peñi, que tiene esa cara tan triste? –le preguntó en el marco, insistimos, de su versión.
–No sé hasta cuándo me van a humillar, don Carlitos –le respondió el profesor Neculmán, sostenedor de varias escuelitas rurales cercanas a Temuco–, otra vez me dijeron que tengo olor a indio y que echo a perder la pulcritud de este sauna.
–¿Quién le dijo eso, mi peñi?
–Los de siempre, don Carlitos: el señor Donoso, el señor Gransotto, el señor García y el señor Duhalde.
Cuando el guatón Carlitos –hombre recio después de todo– dijo de viva y retumbante voz: “¿Y dónde está el conchaesumadre del Donoso para sacarle aquí mismo la chucha?”, Donoso, corredor de propiedades y varón mezquino, optó por darse por aludido ya que pudo escuchar con la mejor nitidez la audaz y durísima imprecación del guatón Carlitos. Movido no por honor sino por el espúreo interés de estar a la altura de su condición de presidente de los sauneros (grotesca y temuquense manera de autodenominarse de quienes profesan el oximorónico ritual de gélido calor), Donoso empezó lastimosamente a aproximarse a la estera donde reposaba la humanidad de Carlitos.
–¿Se refería a mí, don Carlitos?
El guatón Carlitos se puso rápidamente de pie y asumió de inmediato la posición boxeril de guardia. Me ha dicho en varias oportunidades que fue campeón divisionario de boxeo cuando cumplió con el servicio militar obligatorio en un regimiento de infantería de Iquique.
–Putas, don Carlitos, ¿qué es lo que usted tiene en contra mía? –dijo el presidente de los sauneros en el más servil de los tonos.
Por toda respuesta, Donoso recibió un fortísimo recto al mentón que lo tumbó de inmediato en el resbaloso suelo del sauna. La blanca toalla que cubría sus partes pudendas quedó de inmediato roja con la sangre que comenzó a brotar desde su nariz.
Pero a decir verdad, más allá de la validez de las respectivas versiones, el castigo propinado a Donoso en su insolente protuberancia nasal, fuera de ser sobradamente merecido (con arreglo a las razones que serán dadas más adelante), no suscitó repulsa alguna en contra del guatón Carlitos entre los sauneros: todos tenían plena conciencia de que, pese a presidirlos en sus obsesiones rituales, Donoso era en el fondo un huevón de mierda mequetrefe, un huevón entremetido, bullicioso e inútil: clasista, ignorante, temuquense por antonomasia y prepotente (ustedes bien pueden entender que esas valoraciones son de mi plena autoría).
Distinto fue lo ocurrido con García (ya que no con Duhalde ni con Gransotto, a todos los cuales el guatón Carlitos les sacó también sus respectivas crestas). La diferencia está en que García no tiene una cresta infame: Hermógenes García Sabugo –bisnieto de un más bien ilustre colonizador español que, pletórico de buenas ansias, llegó a Talcahuano allá por 1865, siento finalmente desplazado por las inmorales autoridades chilenas de entonces hasta Temuco, ciudad ya considerada entonces como una suerte de pintoresca metáfora del Far West estadounidense. Aquí pudo establecerse holgadamente como herrero y fabricante de herraduras, logrando amasar una cuantiosa fortuna, lo que se rubricó allá por 1890 cuando los García y los Picasso llegaron a ser emblemáticos de lo único ilustre que ha generado Temuco– era un hombre respetado por los temuquenses de todos los pelajes[2] y ambientes: cortés, ferviente católico, hombre de conversación simple pero no aterradora, dadivoso con su plata, capaz de obsequiar flores a las gloriosas prostitutas que frecuentaba, se había ganado en muy buena lid la estimación buena de moros y cristianos.
Y ésa fue la razón precisa por la cual el gesto del guatón Carlitos llegó a caer en el más completo descrédito, motivo por el cual urdió rápidamente la versión alternativa: la de que fueron Neculmán y su ya expresada humillación lo que precipitaron el cruento desenlace parcialmente descrito por mí.
Ahora bien, yo, en tanto que periodista y sedicente escritor, me he hecho el propósito de avalar y divulgar la versión que me fuera entregada por el guatón Carlitos.
Es que, señores, hay allí la expresión de un contenido (y ésta es semiótica pura) de hipotética dignidad. Carlitos arrastra su fealdad y su talante monstruoso pero dice amar la justicia y cree que la vida humana considerada en su globalidad es un constante acto de violencia, lo que viene a significar (esto también es ejercicio semiótico) que el guatón Carlitos está más allá de su pornográfica y aterradora barriga. Su error, obviamente, fue haber dejado ensangrentado por completo a Hermógenes García, quien jamás habría dicho ni por asomo al profesor Neculmán que tenía olor a indio ni que su presencia mapuche perturbaba la pulcritud del mejor sauna de Temuco. En esa perspectiva, no debió incluir en su versión al ilustre hijo de Temuco, no debió hacer decir a Neculmán que había sido ninguneado por Donoso, Gransotto, García y Duhalde.
Pero lo pagó caro. Mientras castigaba a Gransotto haciendo ostentación de un elegante estilo boxeril, perdió pie en el resbaloso piso de la cámara de sauna y cayó pesadamente sobre el incandescente aparatejo generador de calor sequísimo: se quemó horrorosamente el brazo.
Pero para mí es claro –como quedó dicho– que Donoso, Gransotto y Duhalde, temuquenses borrachines y siúticos, recibieron una merecida golpìza.
¿Qué más agregar? Bueno, que también yo amo entrañablemente la violencia.
[1] Nos parece preferible emplear el adjetivo gentilicio mapuche en singular, lo que si bien contraría la concordancia sintáctica de número con el artículo los, se acomoda al estilo que los integrantes más ilustrados de ese pueblo originario han consagrado: para ellos, no existe nuestra pluralización.
[2] Es muy posible que Temuco sea la ciudad de Chile en que son reconocibles más pelajes o condiciones sociales concretas.

martes, septiembre 13, 2005

Desempate de Comandos


El Estornino
Rafael y Matías se vieron por primera vez, hace ya una muy larga y tragicómica angustia, en las playas aledañas a Quintero, en la zona central de Chile. Eran entonces tiernos adolescentes.
Fue allí que ambos conocieron simultáneamente a Annelies Yost, una muchacha hermosa y de mirada triste, que tenía entonces sólo doce años, pero que ya era escultural (pese a carecer de senos), lo que sin duda presagiaba a la archideseada y quizá si diabólica mujer de los días actuales.
Rafael y Matías rivalizaron entonces de modo ocre[1] –lo que obviamente los dejaba en empate– y hasta llegaron a darse de golpes, en combate franco y leal, en una de las playas aledañas a Quintero, habiendo proyectado su confrontación sombras gigantescas y fantasmales sobre una inmensa cantera, por efecto de la majestuosa fogata alrededor de la cual ambos estuvieron sentados sobre la paja de pino, tensos, durante un buen rato, hasta que Matías le dijo –en realidad, le gritó– a Rafael:
–¿Qué mirai huevón de mierda?
Rafael se levantó de inmediato y con su mejor cara de decidido –debió abrirse paso entre varios muchachos de ambos sexos, que seguían embelesados el filme que el Instituto Vida Sana proyectaba nocturnamente los días jueves, empleando como telón la inmensa cantera blanca–, y endilgó hacia Matías que también se había levantado. Al quedar frente a frente, a una distancia que se pudo estimar en cincuenta centímetros, Rafael lanzó su diestra empuñada hacia la armoniosa nariz de Matías, pero erró levemente y golpeó el labio superior, de casi catorce años de vida, del apuesto muchacho. La sangre manó de inmediato.
Parecía un desempate.
Matías, inteligentemente optó por la lucha cuerpo a cuerpo. Cogió a Rafael por los hombros y lo desequilibró con facilidad. Ambos rodaron por el suelo propinándose mutuamente crueles golpes de puño. A poca distancia –a unos cinco metros–, Annelies (al igual que todo el resto de los más de cincuenta muchachos) había visto interrumpida la proyección de Arenas de Iwo Jima –con John Wayne como el sargento Fred Striker–, ya que ahora los dos recios gladiadores (ya que no jocundos muchachos) proyectaban sombras grotescas y fantasmales que cubrieron completamente el rectángulo de la proyección fílmica). Ella, Annelies, contemplaba satisfecha el espectáculo. Poniendo su exquisita y morena mano derecha abierta sobre su corazón, en lo que parecía una clara gestualidad esotérica, dijo en voz alta, pero para su propio capote:
–Estos gallos se están sacando la cresta por mí.
Mister George Djiminó, encargado general del campamento Vida Sana, ponderado y masónico recinto en cuyo interior tenían ahora lugar la fogata, la función de cine y el inesperado combate de Rafael y Matías, decidió intervenir:
–Nou, nou, nou –dijo a los muchachos, que interrumpieron de inmediato la febril y salvaje pelea–; estou nou puede ser así. Si querren pelear, que sea coun reglamentou boxeril.
Rápidamente, aparecieron guantes, vendas, linimentos para masajes, toallas y hasta un gong para marcar los rounds; también protectores de cabeza (que ambos contendores rechazaron pues, dijeron, querían pelear en la más franca y desprovista). Un monitor del Vida Sana se llevó a Rafael Storni a uno de los costados y otro a Matías Lazzeri al costado opuesto. Djiminó pactó cinco rounds de tres minutos cada uno. A la señal reglamentaria, ostentosamente hecha por el supervisor estadounidense, comenzó el combate. Rafael se manejaba holgadamente en el deporte del boxeo –había sido preparado por el campeón chileno Arturo Godoy (lo que obviamente deberá ser materia de otro riguroso relato)–; le costó muy poco derrotar en el primer round por K.O. a Matías.
Otro desempate.
Viene aquí lo que posiblemente sea la única belleza (en el sentido de hecho enaltecedor) de esta narración. Rafael, antes de que Djiminó le alzara su brazo derecho como vencedor de la brega, le dijo:
–¿Sabe, mister? Le pido que nos declare empatados.
–¿Cómou? –se asombró el gringo.
–Matías es un hombre valiente. Peleamos porque a los dos nos gusta la misma niña. Pero él fue capaz de enfrentarme; no quiero ser el ganador de este combate, mister.
Djiminó, hombre formado en los caballerescos parámetros del escultismo –movimiento de juventud que pretende la educación integral del individuo por medio de la autoformación y el contacto con la naturaleza–, entendió perfectamente a Rafael. Y alzando el brazo izquierdo de Matías y el derecho de Rafael, dijo con solemnidad:
–El resultadou de este coumbeite pactadou a cincou rounds es… ¡Un empeite!
La rechifla fue histórica (mister George Djiminó nunca había sido antes pifiado). Annelies nada entendió. Pero Rafael abrazó a Matías y le dijo:
–¿Sabís huevón? Nos sacamos la cresta por la Annelies… ¿Por qué no nos hacemos amigos y veamos quién la conquista? Ahí desempataremos de nuevo.
Matías, visiblemente emocionado, devolvió el abrazo y dijo a Rafael:
–Seamos amigos. ¡Compadres!
Matías Lazzeri no perdía de vista que estaban nuevamente empatados, lo que obviamente hacía lejana a Annelies Yost.
Al año siguiente, Rafael se convirtió en cadete militar, y Matías, en cadete de la Escuela Naval Arturo Prat. Habían convenido que el que lograra mejores merecimientos militares, ocuparía el corazón de Annelies. Mientras se definía ese tema (asunto que habría de durar varios años), la muchacha se dejaba cortejar por los dos. En esa dirección, Rafael tenía la enorme ventaja de estar en Santiago y de que la Escuela Militar del General Bernardo O’higgins alzara toda su gallarda estulticia a muy poca distancia de la casa de Annelies. Matías, en cambio, estaba en Valparaíso, de tal suerte que sólo podía ver a la muchacha una vez por mes. Rafael pudo besar a Annelies primero que Matías, aunque esa diferencia terminó por difuminarse cuando Matías, después de una fiesta vespertina y envalentonado por el pisco, acarició los incipientes pero ya muy hermosos senos de ella, quien lo dejó hacer por casi cinco minutos (con las obvias consecuencias fáciles de deducir).
¿Un desempate?
Al cabo de más de cinco años, ya señores oficiales de sus respectivas instituciones (Rafael Storni era subteniente de Ejército en el arma de Caballería Blindada y Matías Lazzeri tenía el mismo grado en el Cuerpo de Infantería de Marina), ambos decidieron hacer juntos el curso de Comandos, puesto que asumían que la muy bella mujer habría de ser reposo de guerreros superiores. Y del mejor de los guerreros superiores.
Fue muy duro. Uno y otro estuvieron a punto de flaquear. Durante seis largos meses, se sometieron a todos los rigores que forman a los combatientes de élite. Cada uno perdió más de diez kilos de peso. Debieron saciar la agobiante hambre no pocas veces devorando a un atontado pero fierísimo gato que se defendía con dentelladas y rasguños del recio combatiente humano que intentaba romper con sus dientes la garganta del felino para hartarse con su sangre. Estuvieron toda una semana sin dormir ni un solo minuto. Soportaron horrorosos tormentos en el campo simulado de prisioneros. Etc., etc., etc.
Se pusieron de acuerdo para ver juntos a Annelies –ambos con el cabello escrupulosamente rapado, lo que llevó a la muchacha a comentar que eran un par de mamarrachos ridículos– más o menos cada dos meses. Se seguía registrando un ya aburrido empate.
La mujer tenía conciencia de esa caballerosa rivalidad –y de ese no menos caballeroso empate– entre Rafael y Matías. A decir verdad, le hubiera gustado mucho disfrutarlos a ambos, pero, en otra de sus intuiciones esotéricas, decidió que no optaría por ninguno de los dos.
Aquello estaba comenzando a resultar diabólico.
Fue así que los subtenientes Rafael Storni y Matías Lazzeri, graduados ya como Comandos (y con la mejores calificaciones), luciendo en sus uniformes el glamoroso distintivo correspondiente, se sorprendieron grande y fatalmente una tarde cualquiera, empuñando, galanos, sendos ramos de flores rojas, al encontrar a Annelies Yost semidesnuda, en brazos de un ruin estudiante de Sociología, enemigo declarado de todo lo heroico.
En fin, había transcurrido ya una larga angustia desde los días de Quintero. Decidieron poner abrupto fin a aquello. Habrían de batirse con corvos en el mismo lugar en que seis años antes ambos se cotejaron en boxeril competencia, avalada por el espíritu cívico y laico de Mister George Djiminó. Ambos resultaron muy destrozados después de combatir solitarios en el mismo lugar, empleando para ese efecto el desgarrador cuchillo corvo de los Comandos. No hubo esta vez majestuosa fogata alguna, pero la blanca cantera quedó manchada para siempre con la sangre guerrera y generosa de ambos.
Pero aún así, los heroicos subtenientes Rafael Storni y Matías Lazzeri no lograron desempatar.
Y Annelies Yost –archideseada y diabólica mujer– lo supo claramente.










[1] Ocre: Mineral terroso, deleznable, de color amarillo, que es un óxido de hierro hidratado, frecuentemente mezclado con arcilla. Sirve como mena de hierro y se emplea en pintura.

martes, septiembre 06, 2005

Sopesando a Sonia


El Estornino

Bueno, siempre es provechoso sopesar las cosas. En mi opinión, sopesar las cosas es exactamente lo que significa el ensayo, el género literario así denominado.
Pero, también en mi opinión, sopesar las cosas no conlleva la obligación de transportarlas.
Por ejemplo, creo que he renunciado a seguir soportando las cosas del pasado: aquellas múltiples, recurrentes y aun voluntarias insuficiencias.
De lo que se trata ahora –¡de una puta vez por todas!– es de ensayar lo que viene. El futuro. Ese cúmulo de hechos y de circunstancias en los cuales se deberá llevar la voz cantante. ¡Basta de humillaciones! ¡Basta de rehuir la soledad! (no en vano, Jaime Huenún, el sedicente poeta mapuche, dejó dicho en Puerto Trakwl: …La soledad nos había librado para siempre/ de todo temor y de cualquier destino).
Pues, sopesemos: de ahora en adelante, cero de temores y mucho de libertad. Hombre, ¡si te has ganado la libertad! Y sabrás usar libremente tu libertad. Esa libertad conquistada en la noble escuela del sufrimiento.
En lo que, por ejemplo, se refiere a las mujeres, deberás saber buscar; de haberlas, las hay.
Aunque haya que pagarlas.
A decir verdad, es mejor pagarlas. Y, claro, sopesarlas debidamente.
Habrá de aparecer Sonia –al azar sean dadas las gracias–, una estupenda estudiante del penúltimo año de periodismo.
Alta. Morena. Altanera. Olerá a hembra. Se valora y respeta en esos y en otros precios. Sonia es tan bella como lo es una escultura de Rodin. Es elegante. Su precio es obviamente alto, te dirás.
–A ver –el tema no me resulta grato para nada–, ¿cuánto cuesta compartir contigo una noche? –le dirás con cautela mientras comparten un whisky.
–Tú me caes bien: eres bien hombre para tus cosas. Digamos que 60 mil pesos… incluyendo, por supuesto, un par de buenos pitos y, qué sé yo, dos o tres whiskies.
Se pacta con ella. No lo olvides: se pacta con ella confiadamente, porque Sonia es una excelente profesional del periodismo sexual: una de sus fuentes –una amiguita lesbiana– le ha proporcionado amplias informaciones acerca de lo que nos gusta a los varones heterosexuales.
Sonia es una diosa del sexo. Deberás asumir eso con mucha altura de miras y, lo que sin duda es más importante, con toda humildad: es tu diosa y deberás adorarla.
No obstante el ya hecho pago de los 60 mil pesos (tu habrás de pensar en otorgarle 10 mil más: 70 mil pesos; porque vaya que se los tendrá merecidos), haz de ser prudente: deberás ver en cada paso cómo hacer las cosas. Si te abandonas –como tantas veces te has abandonado–, todo se irá a la mierda.
Deberás sopesar.
No, no, no; olvida por completo el Viagra o el Cialis; no necesitas robustecerlo… ¡Te lo aseguro!
Será todo bueno.
Te juntarás con Sonia en el café Premium, a la hora convenida. Tú estarás sereno, bien vestido y con una dosis adecuada de fragancia masculina. Ella, al verte, a unos cuatro metros de distancia, se cerrará el chaquetón azul al darse cuenta de que tú reparaste en que no lleva sostén, ya que percibirás con toda claridad la suma insolencia transparentada de sus pezones morenos. Su polera blanca parecerá a punto de hacer explosión. Cubrirá, entonces, ese devastador panorama lo que –ustedes lo imaginan– resultará aún más devastador.
Pero le tomarás la mano con tu mejor y más sentida galanura, y caminarás con ella en dirección al taxi colectivo que los llevará hasta el appart hotel preconvenido. En el colectivo serás sobrio: sólo su mano tomada y leves y prudentes olfateos a su cuello adornado con una descomunal, sinfónica y brillante cadena de plata. Sí, sin ninguna duda ésa ya será una experiencia inolvidable: olerla y escuchar el sonido armonioso de esa cadena de plata que juguetea y se desliza sobre sus senos carentes de loriga. Y estampar en ese aroma divino lo mejor que puedas ofrendar a tu diosa morena.
Llegarás al lugar del ritual. La ayudarás galantemente a bajarse del auto y esta vez ella no ocultará la majestuosa vehemencia de sus senos. Tú empezarás a soñar; tu virilidad responderá de inmediato como en los mejores tiempos.
Subirán una amplia escalera. La llevarás cogida de la mano para que no pueda escaparse. Uno nunca sabe. Llegarán ante la promisoria revelación en bronce de la habitación número cinco. Abrirás tú la puerta. La camarera, dotada de un trasero no creíble, te dirigirá una maternal y elocuentísima mirada de aliento: ¡te las tenís que poder con la Sonia!
Cerrarás con suavidad la puerta tras de ti. La experiencia olímpica estará comenzando.
Sonia procederá a quitarse el chaquetón azul y tú sabrás de inmediato que estás a merced de ella, que es tu diosa la que manda.
¿Qué más?
Francamente, no lo sé. No lo he sopesado aún.