viernes, diciembre 28, 2007

Clemente


Cristián Warnken. Jueves 27 de Diciembre de 2007. El Mercurio.

Clemente:

Llora por ti tu jardín, que siempre insistías en llamar "mi jardín". Llora el intruso gato blanco y negro, que merodeaba por las tardes y que tú llamabas mi gato amigo. Llora el cerro Manquehue, que veías desde la ventana de tu pieza. Llora la plaza de Almirante Acevedo, alrededor de la cual corrías una y otra vez, como un Forrest Gump de tres años. Lloran los resbalines que te vieron crecer en temeridad y por los que te lanzabas con gozo. Llora la montaña del camino de La Pirámide, destrozada por la construcción de autopistas y a la que decías "pobre montaña". Llora tu nana, a la que llamabas "mi reina", "mi Karencita hermosa", piropero precoz.
Lloran las fuentes de agua, ante las que te quedabas en éxtasis mirando caer el agua, el agua que te asombró más que nada en el mundo, el agua de los ríos, el agua de las llaves de agua de la casa, que abrías sin cesar, el agua del mar, oh, tu locura por el agua, Clemente, toda el agua del mundo llora por ti, y mana en nuestras lágrimas.
Lloran por ti Whinnie the Poo y Tigret y Christopher Robbin, y todos sus amigos, porque en sus libros de aventuras te sentías en familia. Tú eras como Whinnie the Poo, tierno, goloso, amical. Llora por ti tu chupete gastado y fiel, que intentamos vanamente botar tantas veces y que ahora te espera sobre la almohada vacía. Lloran por ti las esculturas del Parque de las Esculturas de Pedro de Valdivia, donde fuimos el día antes de tu partida, a correr, a subir al olmo gigante; llora por ti la escultura del ángel sin cabeza que miraste extrañado, llora por ti la librería Ulises, donde estuvimos esa misma tarde y donde hojeaste libros sobre un sillón de cuero. Llora por ti el libro de "Willie, el oso", que te regaló esa tarde Benjamín, el librero, y que no alcancé a leerte.
Llora la escalera de madera de nuestra casa, que bajaste todas las mañanas de tus días. Llora el espejo del baño hacia el cual te empinabas para mirarte, como si fuera extraño tu propio rostro, oh, hermoso, demasiado hermoso para durar aquí, al otro lado del reflejo. Llora la canción "Cangrejito" del grupo Zapallo, que bailaste tantas veces y querías volver a escuchar, pero que se perdió en algun rincón de nuestro bello desorden. Llorará la lluvia en invierno cuando no te encuentre debajo del panel de vidrio, mirándola gota a gota. Lloran los caballos del Club de Polo que siempre venías a espiar. Lloran los cuadros de Santos Guerra que cuelgan de nuestras murallas, y el pueblo de cuento y sus personajes a los que saludábamos como si fueran reales, el hombre del paraguas verde, tus amigos al otro lado del sueño. Llora la playa de Wailandia, donde corrimos mojándonos los pies con las olas, qué fiesta, qué gritos, qué risa. Lloran las gaviotas que pasaban por ahí, llora el restaurant Caleuche, donde fuimos a ver la puesta de sol con Angélica y Laura, llora el rayo verde que nunca se hizo ver. Llora el Estadio Santa Rosa de Las Condes, donde apenas empezabas a ir a clases de fútbol, estadio que desaparecerá, como desaparece todo y todos, porque somos un duelo sin fin. Llora el Parque Forestal donde naciste, llora la calle Ismael Valdés Vergara. Lloran los taxis en los que te gustaba que te llevara en las mañanas a tu jardín. Lloran los tres cojines que tú mismo instalabas obsesivo, hasta que quedaran perfectos (y tu decías "perfecto"), adonde posabas tu cabecita llena de rulos para tomarte tu mamadera. Todos lloran, también tu piscina amada, que te vio, dichoso, nadar, ¡cómo llora desconsolada! Lloran las cosas que tocaste, los lugares donde anduviste, y lloramos nosotros, ya sin lágrimas.
Entonces, ¿por qué ríes, por qué tu cara pura de niño muerto insiste en reír, mientras todos lloran sin consuelo? ¿Por qué ríes, Clemente, amor mío, dolor nuestro?

jueves, diciembre 27, 2007

La tragedia que ignoró el comandante Robledo


La tragedia que ignoró el comandante Robledo

El Estornino

Fue una experiencia muy interesante (lo sigue siendo: es mucho lo que hay que contar al respecto), te lo aseguro. Yo estuve en aquella guerra… Bueno, no llegó a ser guerra pero estuvo a minutos de serlo.

La tarde no quiere morir en este día 21 de diciembre de 1978. El sol poniente proyecta sombras gigantescas e imprecisas sobre el vivac del batallón liviano del Regimiento Reforzado Nº 17 “Los Ángeles”. Gigantescas, imprecisas y francamente malolientes sombras para el teniente coronel Robledo, comandante de la posición defensiva de Piedra del Indio que –se supone en la planificación operativa de la III División del Ejército de Chile– deberá rechazar en pocas horas más –para ser exactos, en nueve horas más: a las 3 de la madrugada del 22 de diciembre de 1978– la embestida bélica de fuerzas argentinas muy superiores. Incomparablemente superiores.

(Yo siempre he sostenido –hasta hoy– que la superioridad material argentina no habría mellado la superioridad del espíritu militar chileno; pero puedo estar equivocado).

El teniente coronel Nibaldo Robledo Santelices –oficial del Ejército de Chile desde 1961–, a quien su señor padre siempre reprochó que se haya hecho militar, como se lo exigió su señora madre desde su primera infancia– huele un destino que hasta calificaría de trágico si supiera cabalmente qué significa lo trágico. Lo sabe de manera muy vaga, lo que terminará por ser mejor para él.

Robledo asume que morirá en nueve horas más; lo percibe a nivel olfativo en las sombras gigantescas que los roqueríos aledaños a los pasos fronterizos Pichachén, Desecho, Picunleo, Pilunchaya, Copulhue y Copahue abalanzan, claramente presagiantes, sobre el vivac del batallón liviano de infantería.

Siempre queda la duda. Robledo viene atisbando desde hace mucho tiempo que su cónyuge, Laura, bien podría cometer adulterio con ese abogado de Concepción, sospechoso entonces de ser un comunista de mierda. Y, como es obvio, le acongoja en grado sumo estar a nueve horas de morir por la patria (piensa que caerá abatido por los primeros obuses de la poderosa artillería argentina). Y de morir, muy posiblemente, en los precisos momentos en que el abogado comunista de mierda esté produciendo el tercer o cuarto orgasmo en Laura esa noche.

Robledo masculla una extensa e intensa maldición en contra de su difunta madre mientras camina entre el vivac y los puestos avanzados de combate.

Yo estuve en aquella guerra…

Entre muchas otras interesantes motivaciones, los hondos tormentos de mi comandante Robledo me llevaron a considerar seriamente el enigma del destino humano y de la profesión militar (que era también la mía) (me puse a estudiar semiótica y a hurgar en el sentido de lo trágico).

Como es bien sabido, la guerra terminó por no ocurrir (es indudable que estuvimos muy cerca, pero, a mi juicio, los argentinos no nos hubieran sacado cresta y media como se suele repetir; así me lo dicta al menos mi difuso orgullo de ex militar).

Pero a Robledo siempre le quedó la duda en torno a las aventuras adulterinas de Laura. Nunca ocurrieron según me lo dijo ella mucho después, pero a mí también me queda la duda.

Robledo olía un destino que hasta habría calificado de trágico si hubiera sabido cabalmente qué significa lo trágico. Lo ignoró pese a olerlo. Y la depresión siguió haciendo de las suyas.

Y ésa es la única razón y causa de que se haya suicidado hace pocos días, aquí en Santiago, con su pequeña pistola Starlet de cargo particular y de magro calibre. Sin la menor duda, un desenlace funesto. Una tragedia.

Afortunadamente, Robledo no llegó a saberlo bien.

martes, diciembre 04, 2007

TEMA DE TANGO


Tema de tango

Rafael Storni

Nunca la había complacido asistir sola al Teatro Municipal de Temuco, ambiente que para ella revistió siempre especial importancia: le resultaba gratificante que sus numerosos conocidos y escasos amigos supieran que sus bríos de mujer intelectual claramente ligada a la magia suprema del tango estaban siempre acompañados por un varón recomendable.

Pero esta vez no lo había; no le era posible estar acompañada de varón alguno, recomendable o no. Se le había dicho que debería asistir al Tercer Concierto absolutamente sola pero acompañada de “una reciedumbre personal absoluta”. Debería llegar, como siempre, manejando su propio vehículo y exactamente a las 19:45. Fuera de resultarle más bien interesante el repertorio musical de esa oportunidad, ella no sabía exactamente a qué iba. Pero, bueno, 500 mil dólares son 500 mil dólares.

Ocupó sin la menor dificultad la ubicación consignada en el boleto de entrada: T-4. Se le había dicho que, pese a su lejanía del escenario –“o si se prefiere, por su lejanía”–, el asiento era inmejorable. Pero ella no sabía el porqué.

Aprovechó la difusa iluminación ambiental para instalarse los lentes y hojear las notas del programa. Fue así que supo que Peer Gynt, el personaje central del drama homónimo de Henrik Ibsen, cuya música incidental había sido encargada a Grieg, era un soñador inconsecuente y carente de convicciones que dejaba todo a cargo de su fantasía. No evitó sonreir: siempre sospechó que a ella le ocurría lo mismo. Ella es (era) una mujer fantasiosa.

Cuando empezó a oírse la voz melosa y siútica del locutor oficial del Teatro Municipal de Temuco, que conminaba con falsa bondad a apagar “los aparatos de telefonía celular” y a “no hacer uso de elementos fotográficos, fílmicos o de registro de video”, ella estaba pensando en cuán puta era realmente. Y estaba recordando al autor de estas líneas cuando, no hacía mucho, le había dicho que, de modo tan misterioso como inexorable, en cada hombre hay una bestia, y en cada mujer, una ramera.

Y ella comenzó a apagar su celular, no sin antes comprobar la hora: eran las 20:15. Restaban exactos cuarenta y cinco minutos para las 21:00, la hora de encender el celular y pulsar la tecla *.

Irrumpieron los aplausos cuando el director de la Orquesta Filarmónica Municipal de Temuco advino al escenario desde el costado derecho del enorme proscenio.

Ella logró llegar a decirse que ese hombre –“quizá si con excesivos pergaminos para lo que merece esta ciudad de mierda”– había logrado triunfar en la cruenta batalla de la vida (algún tiempo después, ella, muy cerca de la definitiva locura, habría de confesarme que siente envidia por David Armas. Así se llama el director de la Orquesta Filarmónica Municipal de Temuco. Pese a que siempre supo que su soberbia de mujer artista e inequívocamente inteligente, además de bella y sensual, le impedía tomar contacto con cualquier expresión de envidia).

Aún estaba en lo de los excesivos pergaminos de Armas, cuando la Filarmónica obsequió a los no pocos asistentes al Tercer Concierto de la Temporada 2007 del Teatro Municipal de Temuco los alegres y bucólicos sones del primer movimiento –Morgenstemning– de Peer Gynt, Suite Nº 1, Op. 46, del noruego Edgard Grieg. Mecánicamente, ella miró su reloj. Eran las 20:18 de ese día frío y húmedo de julio de 2007. Deploró no saber en absoluto la duración cronológica del Opus 46 de Grieg, lo que era irrelevante: su tarea era activar la tecla * exactamente a las 21:00.

En realidad, ella no conocía mucho de música; lo suyo era la pintura en acrílico de los inconfesables y altamente sensuales secretos que ocultan los tangos.

Ella había estado presente en algunos de los días que duró su muestra pictórica Metonimias del Tango en la sala de exposiciones de la plaza Aníbal Pinto de Temuco. Allí llegó a verla el autor de estas líneas. La besó en su frente morena y apetecible (para mí, ella toda entera sigue siendo apetecible a pesar de lo trágico de este desenlace). No se atrevió a la menor audacia. Ni siquiera a acariciar con avaricia, con la palma de su mano derecha, la espalda desnuda de esa mujer ataviada como hembra de tango (a decir verdad, si yo hubiera sido audaz frente a ella en las muchas circunstancias en que estuvimos cerca, la historia sería muy otra). Solía ser el varón recomendable que le hacía discreta compañía en la sala del Teatro Municipal; pero, en fin, él era más equívoco que recomendable.

Le dijo que ella tenía una buena posibilidad de hacerse de buen dinero. Ella contestó que el tema le interesaba mucho, mucho. Él no quiso extorsionarla. Era un secreto funcionario pagado por una anatemizada organización internacional, pero nunca renunció a pensarse como un hombre caballeroso. Bien pudo aprovechar la oportunidad para pensar en desnudarla al compás de Los mareados, en la voz deslumbrante de Adriana Varela, pero, una vez más, optó por evitarlo.

–La misión tuya sólo consistirá en asistir –¡en asistir sola y con una reciedumbre personal absoluta!– a ese concierto de la Filarmónica. Tendrás una ubicación excelente y te entregaremos un teléfono celular. Deberás encenderlo a una hora que ya te indicaremos y pulsar de inmediato la tecla *. No te puedo decir nada más. Esa misión te va a reportar 500 mil dólares… ¡En billetes contantes y sonantes! –le dijo de corrido media hora después, en el café Moro de Temuco.

Ella debió pensar en que 500 mil dólares son 500 mil dólares, lo que equivale a decir la solución a más del noventa por ciento de algunos de sus problemas. Claro que no le hacía la menor gracia incursionar solitaria en el Teatro Municipal ni el supremo sigilo que debería orlar su misión. Ni pispaba tampoco aquello de la “reciedumbre personal absoluta”. Él se vio en la triste obligación de notificarla que no respondería ninguna pregunta más acerca del tema. La respuesta a la proposición –consistente sólo en la escueta locución I’ am Gracia– debería darla por correo electrónico en tres días más; la casilla respectiva la anotó en una hoja de cuaderno. Casi amenazante, él le dijo que esa hoja debería ser quemada inmediatamente después.

Nerviosa y todo, optó por dejarse arrobar por la música. La barcarola que describe el amanecer le entregó alguna serenidad. Dormitaba a ratos, pero cada quince minutos cotejaba la hora en su reloj.

A la hora señalada, encendió el diminuto aparato de telefonía celular. La súbita luz la encandiló brevemente y originó la protesta del varón que estaba sentado dos asientos hacia su derecha:

–Apague esa weá, pu iñora.

Ella –mujer de naturaleza agresiva– hubiérase levantado a abofetear al roto grosero. Pero, en fin, 500 mil dólares…

Oprimió la tecla * y volvió a sumirse en los magistrales compases –Alla Marcia e molto marcato-Più vivo– de la postrera cuarta parte de Peer Gynt.

Quince minutos después, David Armas, reverencia tras reverencia, empezó a ser ovacionado de pie. Ella hizo lo propio.

Al cabo de tres minutos, casi todos los asistentes salieron a estirar las piernas o a desocupar sus vejigas. Ella salió al hall del teatro y encendió un cigarrillo.

No le fue fácil ubicarla entre la marejada. Por fin la vio: casi aterida de frío en su escotado e irresistible vestido de mujer tanguera, fumaba con clara impavidez en el exterior del Teatro Municipal de Temuco.

–¿Qué pasó? –le dijo con inconfundible violencia.

–¿Por qué? –respondió Graciana con su inveterada altivez de mujer intelectual, tangófila, tangómana y tanguera.

–¿Apretaste la tecla a las nueve? –le consultó en forzada y furiosa sordina.

–¡Por supuesto! –volvió a responder sin bajar su altivez.

–¡Puta de mierda! ¡Debería abofetearte! –le espetó con odio supremo y se alejó, con más rapidez que la debida, de su lado, hacia una de las salidas exteriores del Teatro Municipal. La operación había fracasado, lo que lesionaría gravemente su prestigio de agente residente.

Por cierto, Graciana no entendió nada, pero estaba gravemente herida. Él –su única y real esperanza de poder seguir haciéndole pelea a la vida, el hombre recomendable con el que le complacía mostrarse en el Teatro Municipal de Temuco– la había insultado: ¡Puta de mierda! Y ella se sabía emputecida. ¿Por qué? Porque estaba recordando al autor de estas líneas cuando, no hacía mucho, en una de nuestras sedicentes e intelectuales conversaciones regadas con vino de buena calidad, le había dicho, de modo tan misterioso como inexorable, que en cada hombre hay una bestia y en cada mujer, una puta. Ella no quiso preguntar el porqué, pero el tema le quedó grabado como letra de tango.

Regresó a su ubicación T-4 cuando sonó el estridente y poco elegante sonido de la chicharra que conminaba a volver a las aposentadurías. El hombre grosero pasó delante suyo a ocupar su asiento; ella no se percató.

Durante el intermedio, sin que ella pudiera saberlo, el hombre grosero la había observado con la mayor detención y había quedado prendado de su gallarda majestad de sesentona ataviada con tenida femenina de tango. Había reparado en la aún recia majestad de sus senos precariamente cubiertos por la elipsis del escote de su vestido negro –Gracia solía no llevar sostén– que, además, contaba con una estratégica rajadura al costado de su pierna izquierda, perfectamente adornada por una media transparente que lucía pérfidos rombos rojos y que era sustentada por un botín de gamuza negra cuyas delgadísimas tirillas de sujeción inútil sabían inequívocamente conferir un plus a la gallarda prestancia general de la mujer.

Esa fue la razón por la cual el hombre grosero decidió sentarse al lado de Gracia. Ella, sumida en su angustia lacerante, no lo notó.

Mientras transcurría Konzertino, de Ferdinand David, con sus elocuentes solos de trombón, los caóticos pensamientos de Graciana oscilaban entre su tangomanía y las extrañas circunstancias concretas que ella había vivido desde que él le ofreciera 500 mil dólares. Ella sabía poco y nada de ese hombre enigmático; lo tenía sólo por un periodista bebedor de vino tinto, incansable conversador y mañosamente idealista. Alguna vez, lo sumió en la mitología del tango y llegó a pensarlo como a un misterioso aventurero solitario. Llegó a verlo como a un pasajero itinerante por los arrabales de Buenos Aires y, correlativamente, ella se vio como la prostituta salvífica. Tema de tango, sin duda alguna. Ahora, con el fondo musical de la Filarmónica de Temuco, se sabía prostituta –él le había lanzado el abrumador dicterio de puta de mierda–: había aspirado a poseer 500 mil dólares a cambio de navegar ignota y vilmente en el absurdo.

No sabía qué hacer. Por momentos, deseó levantarse de su asiento y salir corriendo y gritando destempladamente.

Por momentos, quiso mimetizarse con la música que estaba siendo dirigida por David Armas, un hombre a todas luces triunfador. Y envidió –pese a su soberbia– a todos los seres humanos que han triunfado. Se supo –de una vez y para siempre– perdedora en el siempre cruento combate por la vida. Él le había dicho muchas veces: el combate por la vida es siempre cruento; suele negar la vida misma. Y he ahí la razón por la cual en cada hombre aloja una bestia y en cada mujer, una puta.

Mientras la Filarmónica interpretaba Scheherezade, de Rimsky-Korsakov, el hombre grosero deslizó su mano izquierda hacia el muslo derecho de Gracia. Pese a que la más bien leve tocación le resultó sorpresiva, tuvo el mérito de sacarla brevemente de su marasmo. Optó por coger esa mano tosca antes de regresar de inmediato a su caótico ensimismamiento.

Logró decirse que finalizado el concierto, preguntaría al hombre grosero si se atrevía a acompañarla a su casa. Sin duda, Gracia asumía que ese desconocido –al que dirigía cautas miradas de soslayo que le sugerían que era físicamente recomendable– le diría de inmediato: “Eh... Por supuesto, señora”. Con una extraña tranquilidad, se dijo que no tendría porqué no resultarle gratificante estar desnuda en los brazos de ese varón. Hasta sería posible que éste se interesara en sus metonimias de tango expresadas en acrílico.

–¿Por qué no lo van a entusiasmar mis mujeres arrabaleras desnudas? –se preguntó de viva voz en un susurro.

–¿Qué dice, señora? –escuchó preguntar a su vecino, el hombre grosero, a la par que éste ejercía una notoria presión sobre su mano derecha.

–No, no, nada; se lo puedo decir después, cuando termine la música –le respondió Gracia con la terminante serenidad de su voz sensual, que ella vio siempre vinculada a la magia tanguera de Adriana Varela.

La música culminó cinco o seis minutos después. Los aplausos se desataron en la amplia sala del Teatro Municipal de Temuco. Gracia desató su mano derecha de la izquierda del hombre grosero y aplaudió con sincera devoción. El hombre grosero hizo lo propio: aplaudió con un fervor al que no estaba acostumbrado.

–¿Qué duda cabe de que este tipo no valora el arte? –afirmó en clave de pregunta la mujer tanguera, tangófila y tangómana. A despecho de su pasado en el MIR y a su más bien vago izquierdismo actual, ella sostenía que el Teatro Municipal de Temuco no tenía porqué estar al alcance de los rotos.

Cinco minutos después, la amplia sala empezó a desocuparse de su público. Resultaba cómico escrutar las fisonomías de quienes salían hacia el exterior: se les veía complacidos por la gala musical que habían presenciado, pero no poco angustiados por el grado bajo cero que les daría la bienvenida bajo el cielo poco estrellado y archicontaminado de la ciudad del Ñielol.

Diez minutos después, sólo permanecían sentados en la fila T Gracia y el varón grosero. Ella decidió actuar con la mayor calma: ya llegaría el momento de preguntarle si se atrevía a viajar con ella hasta su casa, a lo que él respondería: “Eh... Por supuesto, señora”.

Retiró su mano de la mano del varón grosero y encendió su celular. Esta vez, no hubo protesta alguna. Acto seguido, por un puro y tanguero capricho, oprimió la tecla *.

Los remeció y aturdió la portentosa explosión que se produjo de inmediato en la ubicación del medio de la fila A, la reservada a las autoridades selectas que solían asistir a las temporadas del Municipal. Una cegadora proyección verde-violácea se elevó en una millonésima de segundo desde el asiento A-25, arrancado de cuajo, hacia las placas de madera de abedul que, colgadas desde el cielo de la sala, garantizaban una acústica inmejorable. Casi de inmediato, una de esas placas gigantescas, envuelta en fuego, cayó estridentemente sobre las primeras filas de asientos generando de inmediato un proliferante incendio. En lo alto, el wagneriano chisporroteo de los focos de iluminación parecía querer presidir la dantesca circunstancia.

Gracia se levantó aterrada y corrió desesperadamente, ensordecida por la poderosa onda sonora de la explosión, hacia la salida de la sala. El hombre grosero la imitó, pero gritando a todo pulmón: ¡Ella fue! ¡Ella lo hizo! ¡Ella fue! ¡Ella lo hizo! ¡Deténgala! ¡Deténgala!

Los vigilantes privados del Teatro Municipal de Temuco se hicieron presentes de a poco y vacilaban aterrados ante la incógnita de lo que había ocurrido.

–¡Hay que apagar el fuego! –gritó una vigilante femenina ataviada con una ridícula tenida de corte militar. Acto seguido, la mujer –cuyo nombre es Marta Gutiérrez, según me lo dijo al tiempo después, cuando yo empecé a recapitular el horroroso fracaso de la misión que a mí se me había encomendado: la muerte del agente director de operaciones del Mosad israelita para Chile: Ted Ventura, poderoso aliado del alcalde de Temuco, cuya minuciosa planificación de Inteligencia había conseguido la vergonzosa defenestración del senador Jorge Lavandero– regresó hacia las oficinas del Teatro Municipal en busca de un extinguidor de fuego.

Cuando todas las compañías del Cuerpo de Bomberos de Temuco comenzaron a desplazarse, acompañadas por una infernal parafernalia de sirenas, hacia el lugar de los hechos, Gracia conducía su automóvil Mazda por la calle Senador Estébanez hacia su casa. Iba sola. Había logrado desprenderse de la histeria del hombre grosero que la culpaba de la acción terrorista semiconsumada. Poco rato después, comenzó a beber vino tinto en el recibidor de su casa a la par que escuchaba el último CD de Adriana Varela que había adquirido –Cuando el río suena– en su equipo de sonido.

Nunca podremos saber el porqué del fracaso de la primera pulsación de la tecla *. Uno de los primeros informes técnicos emitidos desde Buenos Aires, sede para las acciones operativas de Al-Qaeda para América del Sur, sostuvo, en términos de mera posibilidad, que la persistente humedad atmosférica de Temuco pudo haber impedido la proyección de la señal desde el celular asignado a Gracia hacia la pequeña antena receptora adosada a la carga explosiva que habíamos instalado quince días antes bajo el asiento A-25.

El agente director de Al-Qaeda para América del Sur había decidido la ejecución de Ted Ventura luego de existir plena certeza de que asistiría, acompañado por el alcalde de Temuco, al Tercer Concierto de la Temporada 2007 del Teatro Municipal. La acción, que me fue encomendada sólo a mí, consultaba la instalación de una carga de dos kilogramos de Composición C-4 en un dispositivo diseñado para el efecto Monroe, cuya particularidad es concentrar direccionalmente la fuerza mecánica de la explosión. De haber tenido éxito la primera pulsación de Gracia en la tecla *, el abominable Ted Ventura habría sido catapultado hacia las placas acústicas del Teatro Municipal. Sus acompañantes, el alcalde de Temuco y el encargado de Seguridad Pública de la Municipalidad, habrían resultado con lesiones de alguna consideración, no descartándose sin embargo que hubieren quedado sordos de por vida. En términos meramente hipotéticos, habría sido un castigo adecuado a sus respectivas pérfidas venalidades. Con la valiosa cooperación de un funcionario del Teatro Municipal –a quien por cierto no puedo nombrar–, yo mismo instalé el dispositivo bajo el asiento A-25. Teníamos plena certeza de que sería ocupado por el abyecto carnicero sionista. De acuerdo a lo que supimos después a través de fuentes confiables, el Mosad se esmeró en silenciar que Ted Ventura se replegó hacia la agencia estadounidense de la organización hebrea de inteligencia afectado por una terminal hipoergía. Las mismas fuentes aseguraron que el cruelísimo agente director de operaciones del Mosad se defecó copiosamente cuando supo lo que le pudo haber ocurrido en el Teatro Municipal de Temuco.

Gracia fue detenida tres días después. Además de las delirantes declaraciones del hombre grosero, no pocos la habían visto huir. Y ella es una mujer sumamente caracterizable por su prestancia de tanguera y por lo penetrante de sus ojos de dama intelectual.

Aún no sé bien si por consejo de su abogado o por propia decisión, la mujer tanguera, tangófila y tangómana repitió y sigue repitiendo que un desconocido le había ofrecido dinero sólo por pulsar la tecla * de un aparato de telefonía celular.

Francamente hablando, estoy arrepentido. Si hubiera tenido la audacia de convertirla en mi amante –posibilidad que siempre me resultó interesante–, todo habría sido distinto.

Sólo pude verla varios meses después. El Juzgado de Garantía se había allanado a internarla en una clínica privada gracias al informe médico presentado por su abogado, que hablaba de que Gracia estaba afectada por una catatonia incipiente pero con tendencia a la proliferación. No pudo extrañarme que no me reconociera y que sólo me hablara amargamente de su fracaso personal y de la envidia que le suscitaba David Armas, el director de la Orquesta Filarmónica de Temuco.

Estoy seguro de que quiso protegerme: mal que mal, alguna vez quiso ser la prostituta salvífica de un aventurero equívoco como yo. ¿Tema de tango? ¡Sin la menor duda!



jueves, diciembre 21, 2006

EL ESCUPITAJO




Harán lo posible para que no se reconozca que fue un acto de justicia. La Justicia es una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Y lo que correspondía al cadáver de Augusto Pinochet, histriónica y patéticamente instalado en la Escuela Militar, era ser escupido.
El escupo puede ser la consecuencia de una expectoración involuntaria, pero, lanzado sobre una persona o sobre un símbolo, es un acto de desprecio absoluto.
No es lo mismo odiar que despreciar: el nietzscheano Alain de Benoist nos recuerda que el odio es un sentimiento innoble, propio más bien de quienes desesperan; el desprecio, en cambio, emana de quienes saben de superioridad y, por ello, tienden de modo espontáneo a hacer lo justo.
El escupitajo que Francisco Cuadrado Prats lanzó sobre el féretro que contenía el sórdido cadáver de Augusto Pinochet fue un relevante y exacto gesto de justicia: el macabro ejercicio del poder que realizó durante diecisiete años sólo merece el desprecio de quienes aún sienten en alguna parte de su psiquismo la extraviada fuerza de la chilenidad.
Se trató de la expresión –de vehemente elegancia– de la justicia aún no hecha a la memoria del general Carlos Prats González. Y la expresó nada menos que su nieto.
Harán lo posible para que no se reconozca que fue un acto de justicia, pero la memoria colectiva de los chilenos suele ser más certera de lo que se supone. Los que jugarán a esa posibilidad están obnubilados por un odio psicótico y malsano; el gesto de Francisco Cuadrado Prats fue un acto de justo y exacto desprecio. Las futuras generaciones de chilenos así lo entenderán.

miércoles, octubre 04, 2006

UNA COBARDÍA IMPRESENTABLE


Yo detesto a Augusto Pinochet en función de lo que es como signo. Es el mayordomo de los sirvientes que decidieron rebelarse contra sus amos. José Donoso lo escribió con singular maestría en Casa de Campo.
¿Es malo Augusto Pinochet? Sí, lo es. Lo es por sibilino e hipócrita. Lo es por cobarde y por gurrumino. Lo es por haber permitido que su dictadura deviniera en un pérfido matriarcado: la sangrienta dictadura de Pinochet fue la dictadura de Lucía Hiriart.
Pero, al igual que cualquier animal humano, Pinochet tiene derecho a la misericordia de Dios.
Hace poco, la Vicaría General Castrense quiso poner a un capellán militar católico para que administrara al anciano ex dictador el último sacramento: La Santa Unción, antes llamada Extremaunción. El hombre está viviendo una senilidad dolorosa. Se alimenta sólo con papillas. Es claro que morirá pronto.
¿Y qué ocurrió? Ocurrió que todos los capellanes militares buscaron excusas para negarse a visitar a Pinochet. Sólo uno, el capitán del Servicio Religioso Carlos Roberto Melo Cruces, capellán de la Escuela de Paracaidistas y Fuerzas Especiales, tuvo la hidalguía de llevarle el postrer consuelo de la Fe Católica.
¡Es inconcebible! Es una grosera cobardía. Es un hecho que habla a las claras de decadencia. Es un cartuchismo absolutamente impropio en hombres consagrados a Dios. Es un correlato clarísimo del escepticismo que embarga a muchos católicos.
Desde estas páginas, no puedo sino repudiar esa cobardía, así como felicitar al capellán Melo por su hombría.

Aníbal Barrera Ortega
Periodista
Capitán (R)

sábado, septiembre 23, 2006

LOS MEANDROS DE "PALACIO LARRAÍN"


Entrevista al periodista Luis Marín

Aníbal Barrera Ortega

Luis Antonio Marín es periodista y, como él mismo se ha encargado de reconocerlo, sus incursiones literarias tienen una suerte de recurrente sesgo periodístico: buscan testimoniar circunstancias desconocidas de lo estrictamente cotidiano. Su obra más reciente, Palacio Larraín, es una certera incursión en lo que se puede llamar la multifacética y no pocas veces trágica realidad de la juventud chilena. Hay allí una dimensión periodística en la medida en que recoge hechos y circunstancias de la vida cotidiana de un hombre que ha sabido vivir con audaz intensidad. Pero Marín se hace certeramente cargo del ya clásico aserto que enseña que el quehacer literario es el esfuerzo que hace un ser humano para contar a otros seres humanos qué es y cómo es el enigmático animal humano.

El 8 de diciembre, el libro fue presentado en la comuna de Nacimiento, en la Octava Región, donde reside Marín actualmente. El día 28 próximo se hará lo propio en la sala Dirección Obligada, de la Dirección de Extensión de la Universidad de La Frontera.
Luis Marín no olvida sus largos días temuquenses. Residió por estos lados desde sus días de infancia; aquí se convirtió en periodista y en un hombre dotado de una prodigiosa curiosidad intelectual.

El escritor y periodista

–A ver, comencemos por un ejercicio de síntesis, arte en el cual es dable suponer que tú eres un maestro. Te pido que respondas en no más de diez palabras quién es Luis Antonio Marín.

–Un escritor aún no casado (o cazado) con género alguno, un intelectual sin academia y un periodista sin empleo pero siempre trabajando. Me temo que, también, un futuro dramaturgo de genio.

–Sigamos en los esfuerzos de síntesis. Te pido brevedad para responder la siguiente pregunta: ¿Por qué se escribe?

–Por pasatiempo, por vanidad ciudadana, por terapia, por desesperación, y por el afán casi prometeico de modificar las condiciones objetivas de la realidad social a través del arte. Esa es, de menos a más, mi jerarquía personal del trabajo literario.

“Modificar las condiciones objetivas de la realidad social a través del arte”. Son muchos los que sostienen que la literatura tiene siempre una soterrada estatura política. Llevamos, pues, a Luis Antonio Marín hacia ese ámbito temático.

La vena literaria

–Cabe inferir de tu respuesta que tú tienes interés por la dimensión política del animal humano. ¿Es así?

–Claro, y esa dimensión es mucho más que el sistema de partidos y poderes del Estado. Creo que el arte auténtico está –paradójicamente desde su actual objetivación cosificante– llamado a mejorar lo que llamamos realidad. Las personas que leen o han desarrollado sensibilidad por el arte son más tolerantes, aventuradas, controladas, creativas, y por ende no creen que las únicas cosas buenas de la vida sean los placeres sensualistas (el zapping sexual, la borrachera perenne o el fútbol untado en escabeche); son, como se dice ahora, mejores ciudadanos.

–¿Está la literatura chilena a la altura de los requerimientos, digamos que consensuales, de la actual sociedad chilena? Entiendo que la respuesta puede ser muy larga, pero te sigo pidiendo la brevedad a que estamos condenados los periodistas.

–Creo que la mayor parte de los escritores nacionales son incapaces de evangelizar su arte más allá de sus menguadas tribunas o academias: Los escritores y las instituciones que los cobijan están más bien, y parodiando una canción de moda, acrecentando la desigualdad cultural, elitizándose. Yo creo que los lectores y públicos hay que salir a buscarlos. Estoy a favor de las ferias del libro y encuentros de escritores, pero estoy más a favor de que los escritores indaguen en públicos nuevos, incluso iletrados, verbalizando sus textos, reencantando a la gente.

“Yo intenté hacer, gratuitamente y porque me gustan los desafíos, talleres de escritura en la cárcel de Temuco y en el Regimiento Tucapel. No me consideraron; pero creo que la cosa va por ahí, o si no, que nos pudramos todos en el basural del neoanalfabetismo”.

–¿Qué expresa tu libro Palacio Larraín? ¿Cómo sintetizas su mensaje?

–No creo que haya un mensaje así a secas. Para nada. Sólo puedo decir que el sentimiento que engendró mi libro fue la desesperación por una juventud (la mía y la de otros chicuelos) desperdiciada; es tal vez una metáfora de la imposibilidad del arte: un caballo lanzado a pique contra un acantilado.

–¿En qué género literario se inscribe tu libro?

–El asunto de los géneros literarios está siendo replanteado desde las vanguardias. Yo los veo más como un sistema de expectativas que se genera en el lector, que como un sistema cerrado y de leyes intransferibles. Incluso el tema de la literatura como invención, como mera irrealidad –en contraposición a la ciencia dura, la ciencia social o el periodismo que te dicen “la verdad”– tiene los días contados.

“Mi libro nació como un conjunto de cuentos (o cartas, testimonios y hasta posibles guiones teatrales y de cine) que tenían en común ciertos personajes de pretensiones biográficas y autobiográficas. Después me convencí (me convencieron) que el sentido y el orden espacial (por ser historias engendradas en tres ciudades chilenas: Santiago, Ciudad Sur y Parición) y temporal (por ser relatos con cierta progresión epopéyica deudora del bildungsroman o novela de formación) hacían de mi texto una novela con una estructura menos ortodoxa. Fue por ello que decidí titularlo Palacio Larraín y otros relatos de novela, pero mi editor prefirió dejarlo en Palacio Larraín y que el lector decidiera”.

¿Autodestrucción?

–Resulta fácil pensar que Palacio Larraín encierra una suerte de convocatoria a la autodestrucción. ¿Crees tú que sea así?

–¿Fácil de pensar para quién? ¿Para el pastor pentecostal de Cuñuñuco? Me parece que desde el mismo momento en que el sociólogo protagonista Domínguez Montressor recopila y recrea la catástrofe, deja de encarnarla, al menos simbólicamente. La autodestrucción, que pasa por el descentramiento psíquico de los héroes del relato, no es una apología de la derrota, si no más bien una invocación a la lucha, a la rebeldía contra un sistema social que te cosifica, que ha perdido el auténtico sentido del ritual, y donde el poder se ejerce de manera deshumanizada: y no porque en el edificio del poder haya puros desalmados, si no porque la complejización de la realidad (de las leyes, de las cifras, de las entidades jurídicas) hace que éste sea casi una pura abstracción.

¿Para qué escribir?

–Pese a que sostienes que tu libro no entraña un mensaje, no es posible perder de vista algo que ya respondiste: que se escribe para "modificar las condiciones objetivas de la realidad social a través del arte". ¿Cómo contribuye a ese propósito Palacio Larraín?

–Se da una paradoja con los libros de esta índole: La desesperanza que recrean está preñada de esperanza. Esa paradoja, claro está, no la sentí al escribir los relatos más duros del libro. "Palacio Larraín" lo escribí entre 1999 y 2004, a un ritmo de escritor aficionado, situación que espero se modifique”.

–¿Qué opinas de la reciente nominación de José Miguel Varas como Premio Nacional de Literatura? ¿Qué consideración te merece lo afirmado por Andrés Gómez en cuanto a que no fue "ninguna sorpresa", porque se escogió a un escritor de trayectoria pero que, a diferencia de Enrique Lafourcade o Germán Marín, no genera discordias.

–No estoy de acuerdo con Gómez. ¿Qué acaso se trata de reivindicar la política de los consensos propulsada el año 90 por el ya senil Patricio Aylwin, o de premiar a las buenas personas? Había cinco escritores con más mérito ¡LITERARIO! que Varas (Marín, Lafourcade, Eltit, Allende y Skármeta, en ese preciso orden), pero premiaron a este caballero. Lo que allí ocurrió fue que el último premiado, Armando Uribe Arce, es íntimo amigo de Varas e influyó sobre todo el resto del jurado, que saben tanto de literatura como yo de ecuaciones trigonométricas.

En La Araucanía

–Bien, regresemos a los temas que parecen interesarte especialmente. ¿Qué me puedes decir de la realidad literaria de nuestra región de La Araucanía? (estoy seguro de que no te falta información al respecto).

–Hay una clara explosión del tema de la literatura mapuche, que tiene más que ver con un fenómeno sociológico de alteridad invertida que con un asunto de calidad intrínseca. El doctor Carrasco y sus adláteres de la UFRO quieren dejarle claro al mundo que “yo los vi primero”, en relación a los artistas que tienen apellidos que hace 20 años eran motivo de burlas y ahora campean. Literariamente hablando, el panorama es desalentador. No sé si Guido Eytel planifique nuevas obras, pero en términos generales los escritores de generaciones anteriores a la mía parecen haber perdido la pólvora. De los que tienen mi edad rescato a Claudio Maldonado, porque es mi amigo (y no “el Lex Lutor Marín”, como dijo un resentido crónico) y tiene suficientes obsesiones como para escribir algo considerable. Los narradores de mi generación que lograron publicar antes, se fueron de acá, lo mismo Jaime Huenún, uno de los mejores poetas vivos que he conocido; lo mismo pretende hacer Maldonado e hizo también el último premio Pablo Neruda de poesía. En Chillán y Valdivia, por dar un par de ejemplos, el asunto no es así.

La migración

–He sabido que planeas incursionar en el mundo académico y gremial de la literatura que ofrece actualmente España. ¿Por qué te parece necesaria esa incursión? Más bien, ¿ves todas las puertas cerradas en Chile?

–Eso es un tanto inexacto (quizá trabaje elaborando guiones o lavando platos), aunque lo cierto es que sí pretendo irme. Mis infecundos deambulares por el arte y por la patria –programas de radio, abortadas empresas de gestión y productos culturales, columnas, guiones, teatro, especializaciones farsantes (como lo es casi todo lo engendrado en la academia)– me tienen rotundamente fatigado. Asimismo, el panorama artístico y literario de Chile es de una malignidad espesa. Está lleno de lobbystas, mercaderes, lamepuertas, timadores, enclaustrados (hablo de aquellos cooptados por la academia); todos metidos en la bolsa de gatos que provoca el exceso de gente para tan poco espacio. En Chile están surgiendo muchos escritores para tan pocos lectores: eso provoca hacinamiento y desplaza el punto de interés desde la creatividad misma a las odiosas querellas paraliterarias.

–Una última pregunta. Parece evidente que te sientes un rebelde, entendiendo que la palabra ‘rebelde’ es el sustantivo del verbo ‘rebelar’, que significa exactamente “Sublevar, levantar a alguien haciendo que falte a la obediencia debida”. ¿Por qué y cómo ser rebelde? ¿Acudiendo quizá si a las drogas?

–Me quedo más bien, con eso de la obediencia debida: La obediencia no tiene porqué ser una cuestión inercial, una convención, sino nacer de una convicción. Ahora bien, yo nunca fui de aquellos que pateaban el tablero o gritaran a voz en cuello: Nunca estuve conforme (por ejemplo con todo lo que recibí de mi atroz universidad), pero jamás lo di a entender… quizá por esa aporía me las di de escritor.

martes, abril 25, 2006

Tema muy actual



Contratistas e inspectores

Aníbal Barrera Ortega

Nuestra columna de hoy tiene que ver con caminos. Como se verá, es un tema de álgida importancia: ¿será posible perder de vista que nuestra aporreada región de La Araucanía cuenta con una red vial que supera en extensión los 12 mil kilómetros?
Bueno, para empezar el asunto, se ha de decir que en cualquier diseño vial –construcción de un nuevo camino o mejoramiento o mantención de un camino ya construído– intervienen dos grandes protagonistas: los contratistas y los inspectores fiscales. Entiéndase por contratista al empresario particular de construcción vial que se adjudicó una propuesta pública, y por inspector fiscal al funcionario profesional que, se supone, cautelará el cabal cumplimiento del contrato en beneficio del interés del Estado de Chile, lo que, al menos en principio, viene a significar en beneficio de todos los contribuyentes.
Pero ¿qué es lo ocurre en la porfiada realidad? Ocurren varias cosas.
Por una parte, la experiencia muestra que los inspectores fiscales, se diría que en un 50 por ciento de los casos, no son idóneos para serlo. Un inspector fiscal realmente eficiente debe conocer cada paso del proceso contenido en el respectivo contrato, lo que viene a ser lo mismo que decir que ese profesional debe estar ampliamente compenetrado de la estructura orgánica y técnica del servicio para el cual trabaja. Estamos hablando de caminos; el proceso de construcción o de mantención reconoce etapas casi obvias: chequeos de laboratorio de mecánica de suelos, lógica de proyectos, prevención de riesgos, legislación laboral, conocimiento medioambiental, legislaciones específicas, etc., etc.
Y como lo decíamos, sólo un 50 por ciento de los inspectores fiscales presenta una básica idoneidad técnica para cumplir adecuadamente sus funciones (ya hablaremos de la idoneidad moral).
Ahora bien, ¿qué sería deseable en las empresas contratistas? Más que deseable, resulta imprescindible que se trate de entidades altamente profesionalizadas; ¿es así? Desgraciadamente no.
Las empresas contratistas que operan en nuestra región (y mucho nos tememos que en la mayor parte de nuestro Chile) son empresas familiares. Por ejemplo, un constructor civil con vocación de empresario, que cuenta con un capital suficiente, podrá echar a andar una empresa vial y tenderá idefectiblemente a procurar espacios de trabajo para sus parientes y amigos. El resultado surge obvio: la profesionalización de esa empresa será difícil. En el mejor de los casos, el capital podrá permitir que se cuente con los medios técnicos estrictamente necesarios para el funcionamiento de la empresa, pero será altamente improbable que se busque el perfeccionamiento. Agreguemos que nada parece impedir que esas empresas escapen a la lógica del lucro, claramente predominante en los días que corren.
En la práctica, entonces, las empresas contratistas deben apostar a amañar los contratos tanto como sea posible. De lo que se trata es de economizar al máximo; donde, por ejemplo, el contrato establecía la necesidad de emplear quinientos sacos de cemento, la empresa hará lo posible por gastar sólo trescientos… si es que.
No es necesario gastar excesivas explicaciones para que Ud., estimado(a) lector(a), caiga en la cuenta de que tales economías van en necesario desmedro de la calidad de la obra vial ejecutada y, no pocas veces, en hipotético desmedro de su propia vida o integridad física cuando Ud. deba conducir su vehículo por ese camino.
¿Cuál es el medio que permite amañar contratos? Es muy fácil: el empresario debe ser obsequioso con el inspector fiscal (frente al cual se tiene en un 50 por ciento de los casos plena seguridad de su ignorancia y torpeza). Se le debe atender con almuerzos y asados pantagruélicos, con muchos aperitivos, vinos intermedios y bajativos.
Pero las ingestas son sólo un eslabón. Básicamente amansado con muchos bajativos, el paso siguiente será ofrecerle estipendios extras o brindarle granjerías adicionales. ¿Mujeres? ¿Por qué no? ¿Drogas duras? ¿Por qué no?
¿Se da cuenta, amigo(a) lector(a), de lo que estamos hablando? Estamos hablando sencillamente de que estamos en presencia de una lenidad manifiesta y de una corrupción aún larvada.
¿Se dan cuenta, estimados(as) señores(as) políticos(as), de los riesgos que seguimos corriendo?