viernes, marzo 14, 2008

A CUALQUIER PERSONA COMÚN


Cristián Warnken
Jueves 06 de Marzo de 2008
A ti
A ti que lees estas líneas, que estás bajando por una de las tantas autopistas de la ciudad en esta mañana de marzo o, tal vez, estás en un vagón del Metro -con la mirada extraviada, como todos los que viajan a esta hora-, o paladeas el primer café y recorres distraído las páginas de este diario, buscando algo que no sabes qué es. A ti, que llevas a tus hijos al colegio y que acabas de no escuchar una pregunta que te hizo tu hija más pequeña, porque estabas pensando en otra cosa. A ti, que acabas de salir de la ducha y te ves un instante en el espejo. A ti, que pasas rápido a mi lado y casi me empujas y no me ves. A ti, que -con apenas 18 años- te levantas con el tedio pegado en el alma y te enchufas al computador para no abrir la ventana de tu pieza que da al jardín. A ti, que miras a tu marido todavía dormir a tu lado, y ves su nuca y su piel gastada, y sientes en el centro de tu pecho un hueco, la sensación de un cansancio del que quisieras huir a miles de kilómetros de ahí. A ti, que estás comprando el pan sin emocionarte con su olor y su temperatura. A ti, que entraste al cajero automático y descubriste que el saldo de tu cuenta era negativo, y sientes miedo, rabia, angustia. A ti, que acabas de dejar a tu niño en la sala cuna y te fuiste sin cantarle esa canción "que a él tanto le gusta". A ti, que acabas de entrar en la oficina y te dispones a iniciar un día igual a todos los días, trabajando sin amor por lo que haces, como pieza de un engranaje que te devora.
A ti quiero agarrarte de la solapa, del brazo -con respeto, pero con fuerza-, a ti quiero detenerte en tu carrera loca y decirte lo que tal vez nadie te ha dicho nunca, porque no se enseña en los colegios ni aparece en los diarios. Yo no soy nadie para quitarte cinco minutos de tu atiborrada y desesperada agenda, soy uno más entre los millones que bajan esta mañana a comenzar un día más en la ciudad. Entonces, ¿por qué habrías de desconectarte de tu "iPod" o apagar tu celular para escucharme? Pensarás acaso que soy un predicador más, un vendedor de seguros, o alguien que quiere robarte a plena luz del día. Sé que me mirarás con recelo, con molestia, con desconfianza.
A ti, que me oyes pendiente de tu reloj, quiero decirte, antes de que desaparezcas devorado por la multitud: "El hombre es desgraciado porque no sabe que es feliz. ¡Eso es todo! Si cualquiera llega a descubrirlo, será feliz de inmediato, en ese mismo minuto. Todo es bueno".
¿Y eso era todo? -me dirás-. Sí, y te digo: todo lo demás, fuera de eso, es nada.
Si te he agarrado de la solapa y te he abordado a esta hora de la mañana de este jueves que escribo es para decirte que eres feliz y no lo sabes. Y que eso que te dije lo dijo una vez un hombre como tú, que se llamó Dostoyevski. Y yo, ¿quién soy para hablarte así, para entrar en tu privacidad y leerte la cita de un ruso que no conoces? Yo soy el muerto. Yo estoy muerto, tú estás vivo.
¿Muerto tú? -me dirás-. ¡Pero si puedo tocarte y verte y oírte!
Sí, pero estoy muerto. Yo me levantaba en las mañanas como tú, prendía la radio como tú, paladeaba un café como tú, miraba distraído las primeras nubes en el cielo, y llevaba a mi hijo al jardín, y no sabía que era feliz, que estaba vivo. No lo sabía, como tú no lo sabes, como no lo saben tantos que no pisan con placer las primeras hojas del otoño, que no se detienen a ver los primeros rayos de luz colarse por la ventana para entibiar la piel del o la que duerme todavía a tu lado.
Pero esto, en realidad, no me lo enseñó Dostoyevksi, sino mi pequeño hijo Clemente, un niño como millones de niños que en este momento son llevados al colegio, un niño que me hizo una pregunta que no escuché una mañana de un jueves como hoy. ¡Eres feliz y no lo sabes! Eso es lo que enseñan los niños que mueren, eso lo aprendemos de un golpe los que morimos con ellos, eso es lo que los vivos como tú no pueden escuchar.

miércoles, febrero 27, 2008

SOBRE NOCTURNO DE CHILE


SOBRE NOCTURNO DE CHILE



Aníbal Barrera Ortega
Periodista

Para quienes hemos tenido la suerte –quizá si a destiempo (lo que no tiene mayor importancia)– de acceder a la formidable prosa de Roberto Bolaño, no nos puede resultar extraño que las traducciones al inglés de varios de sus libros –particularmente, de Los Detectives Salvajes– estén triunfando actualmente en el no poco exigente mundo literario de los EE.UU. de A.
Es ya un lugar común que traducción es traición, tema que exigiría un extenso análisis semiótico-lingüístico (lo que excede el propósito de este comentario). Pero podemos afirmar que resulta plausible la hipótesis de que la prosa de Bolaño no ofrece riesgos mayores de traducción a cualquier idioma en virtud de su ritmo lírico y de sus omnipresentes y frondosas metáforas (¿no será que lo metafórico suele ser de fácil tránsito de un idioma a otro?).
El estilo narrativo de Nocturno de Chile, el febril y tormentoso monólogo de un presbítero del Opus Dei –que no es otro sino el reverenciado José Miguel Ibáñez Langlois, (a) Ignacio Valente– nos presenta un ritmo que fascina por estremecedor y, a la vez, es la descripción genial del duro anatema a la aparentemente imbatible figura del clérigo y crítico literario. Un anatema que es presentado por Bolaño como autoinferido.
Nocturno de Chile es, por otra parte, una expresión casi inocente del inmenso bagaje cultural del escritor, una suerte de sacerdote de la literatura. En esta perspectiva, la breve novela encierra una suerte de confrontación entre la religión fundada en una divinidad creadora y la religión de los creadores literarios (necesarios rivales de Dios). En esa dirección, es muy pertinente recordar el epígrafe de Los Detectives Salvajes:

–¿Quiere usted la salvación de México?
¿Quiere que Cristo sea nuestro rey

–No.

Malcolm Lowry

Nos parece que la prosa de Bolaño está (religiosamente) destinada a sacudir el actual panorama de la literatura chilena e hispanoparlante. Y nos parece que Nocturno de Chile alegoriza de modo formidable lo que ha sido la cíclica y tumultuosa vida de nuestro país.

jueves, febrero 14, 2008

Cuento Nocturno


CUENTO NOCTURNO

Al empezar a escribir no estaba cien por ciento seguro de la pertinencia de su escrito, de la validez de contar todo aquello. Pero por otra parte, no evitaba mayormente pensar en que quizá si aquélla sería su última intentona literaria.

Estaba cansado. O más bien se cansaba con frecuencia (a lo menos tres veces por semana). No, no era ése un tema que tuviera que ver con su edad, con sus casi sesenta y cuatro años. En lo puramente físico, su vigor era superior al de sus veinte: hacía gimnasia de cierta intensidad (al estilo de la que practican los militares ingleses) casi todos los días (la excepción se producía cuando el vino nocturno le pasaba la cuenta al despertar) y practicaba kung fu (arte marcial chino) tres veces por semana.

Se cansaba con frecuencia al recordar lo equívoca que había sido su vida y los múltiples e intensos dolores que ello había gestado.

Y esas noches lo acometían sueños agobiantes e inciertos. Al despertar, él no hacía sino atribuir sus pesadillas a la ingesta de alcohol nocturno. Pudo cambiar de opinión cuando una exquisita psicóloga lo notificó que el vino no era sino una variable más en medio de su abigarrada psiquis.

Y, ahora, cuando se disponía a empezar a escribir había evitado escrupulosamente el consumo de vino tinto, reemplazando el brebaje bendito e invencible por una caótica infusión de hierbas. No estaba totalmente seguro de la necesidad de contar todo aquello, pero sospechaba que los plazos se le estaban terminando.

El sueño empezó a rodearlo. No evitó sonreír brevemente cuando escribió que no era del todo descartable que Morfeo haya atinado a librarlo de las veleidades de los dioses (hablaba de Nietzsche cuando pensaba en los dioses y de Morfeo luego de haber comenzado a interesarse por la mitología griega).

No se dio cuenta del todo cuando comenzó a verla, la visión era primero imprecisa: se escuchaba de fondo la tradicional marcha alemana Erika –la favorita de Pinochet– y un difuso mal olor parecía querer enseñorearse en el ambiente inmediato (hablamos de la sala de trabajo y de reposo nocturno de nuestro hombre). La visión empezó a corporizarse de a poco y de a poco un inédito terror empezó a embargarlo. El proceso duró algunos minutos antes de que ella se manifestara del todo. Era Lucía Hiriart Vda. de Pinochet, se la veía joven, posiblemente de unos treinta años, parecía estar armada con algún instrumento: ¿posiblemente un látigo? Lo estaba mirando fíjamente aunque por momentos dirigía la vista de reojo hacia cualquiera de los lados. Se dijo que él conocía bien esa mirada torva.

–Señora… –atinó a decirle con suavidad.

La mujer lo miró con suma severidad. A él no le resultaba posible establecer el instrumento que portaba doña Lucía, pero supuso fundadamente que la situación era muy peligrosa. Quiso encender un cigarrillo pero ella se lo impidió.

–Mire, joven –lo increpó con su consabida voz chillona–, yo no sé cómo se atreve usted a tratarme de señora después de todo lo que ha propalado sobre mi persona.

Los ojos jóvenes de la ex Primera Dama estaban ahora horadándolo, él supo que esto era el final. La mujer levantó su brazo diestro y se dispuso a descargarle el primer latigazo sobre las manos que aún reposaban sobre el teclado del computador.

Cuando el látigo llegó a su destino, nuestro hombre despertó completamente bañado en sudor. Al día siguiente, habría de colegir que todo se había debido a la caótica infusión de yerbas que estaba bebiendo. Pero, no obstante eso, optó por renunciar a escribir: aquel tema no era para nada pertinente. En realidad, todo su bagaje temático literario era demasiado impertinente. Y ésa debió ser la razón por la cual optó por el suicidio.

jueves, febrero 07, 2008

CARTA A LOS MEDIOS DE PRENSA


Temuco, 6 de febrero de 2008.


Señor director:

El ahora retirado general Gonzalo Santelices no es culpable, no lo es en absoluto. Su paso a retiro –que, estoy cierto, respondió a una decisión y a presiones institucionales, y no fue para nada voluntaria– es injusto. Completamente injusto. Es falaz lo afirmado por el abogado Héctor Salazar en cuanto a que Santelices “pudo haberse negado, como se negaron muchos de los oficiales de la época, a cumplir este tipo de órdenes, y no les pasó nada” (Radio Cooperativa).
Yo también era subteniente en aquellos días de aquelarre. Y no sé de ningún oficial de las Fuerzas Armadas o de Carabineros que se haya negado “a cumplir este tipo de órdenes” (muy distinto es el caso de algunos uniformados, manifiestos simpatizantes del Gobierno del Presidente Allende, que fueron separados de sus cargos el mismo 11 de septiembre de 1973 e inmediatamente encarcelados, vejados y torturados).
Después del inicio de la tragedia, ningún oficial se negó a cumplir órdenes homicidas. Y la razón es clara: estábamos completamente convencidos de la plena justicia de todo cuanto se obraba. Es que se nos mintió pérfidamente. Se nos habló de la necesidad de destruir el terrorismo marxista. Se nos contó historias sórdidas acerca de lo que comunistas, miristas, socialistas, mapucistas y cristianos de izquierda pensaban hacer con nosotros y con nuestras mujeres e hijos. Se nos convenció de la existencia del Plan Z.
Ahora bien, ¿era la superioridad militar de aquellos días la culpable única de todo aquel hervidero de embustes? No, ciertamente. Había toda una “intelectualidad” que vestía de civil –proveniente sin duda de los mismos sectores políticos que habían logrado convertir a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile en una retahíla de obsecuentes– urdiendo y difundiendo historias macabras. Sembrando el odio que es capaz de engendrar torturadores psicóticos y asesinos.
Santelices, señor director, no es un asesino. En aquellos días, se limitó a cumplir una orden imposible de soslayar, una orden cuya validez él no podía objetar. Santelices estuvo, está y estará seguro de haber cumplido con su deber de militar. Es grosero decir que después de la masacre que tuvo que contribuir a perpetrar haya sido un corcho que “flotó en aguas turbulentas” (la metáfora corresponde al abogado Salazar). Él nunca se supo culpable.
El general Santelices no es un asesino. Hay muchísimos asesinos que no vistieron uniformes militares en aquellos días y que hoy viven su vejez con una placidez envidiable.



ANÍBAL BARRERA ORTEGA
Periodista
Capitán de Ejército ®
Exonerado Político

miércoles, enero 02, 2008

DECLARACIÓN DE INTENCIONES I


DECLARACIÓN DE INTENCIONES I

Carmen: la Vero está gorda.

Juntos iremos con las golondrinas.

¿Qué vamos a hacer? Diríamos que vamos a hacer una declaración de intenciones frente al futuro. Y frente al presente –el presente, no lo olvidemos, actualiza los pasados y potencia los futuros– y frente al pasado: ¡a lo hecho, pecho, y sea lo que Dios quiera!

Queremos enmendar errores y equivocaciones. Y ocurre que sabemos de nuestras equivocaciones pero no de nuestros errores: nos cuesta sentirnos culpables. Creemos que las culpas se correlacionan con nuestros errores y no con nuestras equivocaciones (¿será pertinente explicar que errores y equivocaciones, si bien pueden parecerse, son cualitativamente diferentes?)

¿Qué vamos a hacer? Vamos a definir nuestros objetivos de vida (y de muerte: la muerte es también un objetivo pues es urgente e imperioso aprender a morir. Aprender a saber por qué uno muere).

¿Comenzaremos por abandonarla? No lo sabemos aún: no es fácil ni es digno abandonar a una compañera que nos ayudó a recomponer la vida. Que ayudó algún tanto –más de algún tanto– a nuestra vida dura y solitaria. Así como nunca fue fácil abandonarla a ella, a la madre de mis hijos.

Carmen: la Vero está gorda. Y ¿sabes? Su gordura es malsana.

Juntos iremos con las golondrinas…

(Sigue)

viernes, diciembre 28, 2007

Clemente


Cristián Warnken. Jueves 27 de Diciembre de 2007. El Mercurio.

Clemente:

Llora por ti tu jardín, que siempre insistías en llamar "mi jardín". Llora el intruso gato blanco y negro, que merodeaba por las tardes y que tú llamabas mi gato amigo. Llora el cerro Manquehue, que veías desde la ventana de tu pieza. Llora la plaza de Almirante Acevedo, alrededor de la cual corrías una y otra vez, como un Forrest Gump de tres años. Lloran los resbalines que te vieron crecer en temeridad y por los que te lanzabas con gozo. Llora la montaña del camino de La Pirámide, destrozada por la construcción de autopistas y a la que decías "pobre montaña". Llora tu nana, a la que llamabas "mi reina", "mi Karencita hermosa", piropero precoz.
Lloran las fuentes de agua, ante las que te quedabas en éxtasis mirando caer el agua, el agua que te asombró más que nada en el mundo, el agua de los ríos, el agua de las llaves de agua de la casa, que abrías sin cesar, el agua del mar, oh, tu locura por el agua, Clemente, toda el agua del mundo llora por ti, y mana en nuestras lágrimas.
Lloran por ti Whinnie the Poo y Tigret y Christopher Robbin, y todos sus amigos, porque en sus libros de aventuras te sentías en familia. Tú eras como Whinnie the Poo, tierno, goloso, amical. Llora por ti tu chupete gastado y fiel, que intentamos vanamente botar tantas veces y que ahora te espera sobre la almohada vacía. Lloran por ti las esculturas del Parque de las Esculturas de Pedro de Valdivia, donde fuimos el día antes de tu partida, a correr, a subir al olmo gigante; llora por ti la escultura del ángel sin cabeza que miraste extrañado, llora por ti la librería Ulises, donde estuvimos esa misma tarde y donde hojeaste libros sobre un sillón de cuero. Llora por ti el libro de "Willie, el oso", que te regaló esa tarde Benjamín, el librero, y que no alcancé a leerte.
Llora la escalera de madera de nuestra casa, que bajaste todas las mañanas de tus días. Llora el espejo del baño hacia el cual te empinabas para mirarte, como si fuera extraño tu propio rostro, oh, hermoso, demasiado hermoso para durar aquí, al otro lado del reflejo. Llora la canción "Cangrejito" del grupo Zapallo, que bailaste tantas veces y querías volver a escuchar, pero que se perdió en algun rincón de nuestro bello desorden. Llorará la lluvia en invierno cuando no te encuentre debajo del panel de vidrio, mirándola gota a gota. Lloran los caballos del Club de Polo que siempre venías a espiar. Lloran los cuadros de Santos Guerra que cuelgan de nuestras murallas, y el pueblo de cuento y sus personajes a los que saludábamos como si fueran reales, el hombre del paraguas verde, tus amigos al otro lado del sueño. Llora la playa de Wailandia, donde corrimos mojándonos los pies con las olas, qué fiesta, qué gritos, qué risa. Lloran las gaviotas que pasaban por ahí, llora el restaurant Caleuche, donde fuimos a ver la puesta de sol con Angélica y Laura, llora el rayo verde que nunca se hizo ver. Llora el Estadio Santa Rosa de Las Condes, donde apenas empezabas a ir a clases de fútbol, estadio que desaparecerá, como desaparece todo y todos, porque somos un duelo sin fin. Llora el Parque Forestal donde naciste, llora la calle Ismael Valdés Vergara. Lloran los taxis en los que te gustaba que te llevara en las mañanas a tu jardín. Lloran los tres cojines que tú mismo instalabas obsesivo, hasta que quedaran perfectos (y tu decías "perfecto"), adonde posabas tu cabecita llena de rulos para tomarte tu mamadera. Todos lloran, también tu piscina amada, que te vio, dichoso, nadar, ¡cómo llora desconsolada! Lloran las cosas que tocaste, los lugares donde anduviste, y lloramos nosotros, ya sin lágrimas.
Entonces, ¿por qué ríes, por qué tu cara pura de niño muerto insiste en reír, mientras todos lloran sin consuelo? ¿Por qué ríes, Clemente, amor mío, dolor nuestro?

jueves, diciembre 27, 2007

La tragedia que ignoró el comandante Robledo


La tragedia que ignoró el comandante Robledo

El Estornino

Fue una experiencia muy interesante (lo sigue siendo: es mucho lo que hay que contar al respecto), te lo aseguro. Yo estuve en aquella guerra… Bueno, no llegó a ser guerra pero estuvo a minutos de serlo.

La tarde no quiere morir en este día 21 de diciembre de 1978. El sol poniente proyecta sombras gigantescas e imprecisas sobre el vivac del batallón liviano del Regimiento Reforzado Nº 17 “Los Ángeles”. Gigantescas, imprecisas y francamente malolientes sombras para el teniente coronel Robledo, comandante de la posición defensiva de Piedra del Indio que –se supone en la planificación operativa de la III División del Ejército de Chile– deberá rechazar en pocas horas más –para ser exactos, en nueve horas más: a las 3 de la madrugada del 22 de diciembre de 1978– la embestida bélica de fuerzas argentinas muy superiores. Incomparablemente superiores.

(Yo siempre he sostenido –hasta hoy– que la superioridad material argentina no habría mellado la superioridad del espíritu militar chileno; pero puedo estar equivocado).

El teniente coronel Nibaldo Robledo Santelices –oficial del Ejército de Chile desde 1961–, a quien su señor padre siempre reprochó que se haya hecho militar, como se lo exigió su señora madre desde su primera infancia– huele un destino que hasta calificaría de trágico si supiera cabalmente qué significa lo trágico. Lo sabe de manera muy vaga, lo que terminará por ser mejor para él.

Robledo asume que morirá en nueve horas más; lo percibe a nivel olfativo en las sombras gigantescas que los roqueríos aledaños a los pasos fronterizos Pichachén, Desecho, Picunleo, Pilunchaya, Copulhue y Copahue abalanzan, claramente presagiantes, sobre el vivac del batallón liviano de infantería.

Siempre queda la duda. Robledo viene atisbando desde hace mucho tiempo que su cónyuge, Laura, bien podría cometer adulterio con ese abogado de Concepción, sospechoso entonces de ser un comunista de mierda. Y, como es obvio, le acongoja en grado sumo estar a nueve horas de morir por la patria (piensa que caerá abatido por los primeros obuses de la poderosa artillería argentina). Y de morir, muy posiblemente, en los precisos momentos en que el abogado comunista de mierda esté produciendo el tercer o cuarto orgasmo en Laura esa noche.

Robledo masculla una extensa e intensa maldición en contra de su difunta madre mientras camina entre el vivac y los puestos avanzados de combate.

Yo estuve en aquella guerra…

Entre muchas otras interesantes motivaciones, los hondos tormentos de mi comandante Robledo me llevaron a considerar seriamente el enigma del destino humano y de la profesión militar (que era también la mía) (me puse a estudiar semiótica y a hurgar en el sentido de lo trágico).

Como es bien sabido, la guerra terminó por no ocurrir (es indudable que estuvimos muy cerca, pero, a mi juicio, los argentinos no nos hubieran sacado cresta y media como se suele repetir; así me lo dicta al menos mi difuso orgullo de ex militar).

Pero a Robledo siempre le quedó la duda en torno a las aventuras adulterinas de Laura. Nunca ocurrieron según me lo dijo ella mucho después, pero a mí también me queda la duda.

Robledo olía un destino que hasta habría calificado de trágico si hubiera sabido cabalmente qué significa lo trágico. Lo ignoró pese a olerlo. Y la depresión siguió haciendo de las suyas.

Y ésa es la única razón y causa de que se haya suicidado hace pocos días, aquí en Santiago, con su pequeña pistola Starlet de cargo particular y de magro calibre. Sin la menor duda, un desenlace funesto. Una tragedia.

Afortunadamente, Robledo no llegó a saberlo bien.