
Jueves 06 de Marzo de 2008
A ti
Confesiones personales



CUENTO NOCTURNO
Al empezar a escribir no estaba cien por ciento seguro de la pertinencia de su escrito, de la validez de contar todo aquello. Pero por otra parte, no evitaba mayormente pensar en que quizá si aquélla sería su última intentona literaria.
Estaba cansado. O más bien se cansaba con frecuencia (a lo menos tres veces por semana). No, no era ése un tema que tuviera que ver con su edad, con sus casi sesenta y cuatro años. En lo puramente físico, su vigor era superior al de sus veinte: hacía gimnasia de cierta intensidad (al estilo de la que practican los militares ingleses) casi todos los días (la excepción se producía cuando el vino nocturno le pasaba la cuenta al despertar) y practicaba kung fu (arte marcial chino) tres veces por semana.
Se cansaba con frecuencia al recordar lo equívoca que había sido su vida y los múltiples e intensos dolores que ello había gestado.
Y esas noches lo acometían sueños agobiantes e inciertos. Al despertar, él no hacía sino atribuir sus pesadillas a la ingesta de alcohol nocturno. Pudo cambiar de opinión cuando una exquisita psicóloga lo notificó que el vino no era sino una variable más en medio de su abigarrada psiquis.
Y, ahora, cuando se disponía a empezar a escribir había evitado escrupulosamente el consumo de vino tinto, reemplazando el brebaje bendito e invencible por una caótica infusión de hierbas. No estaba totalmente seguro de la necesidad de contar todo aquello, pero sospechaba que los plazos se le estaban terminando.
El sueño empezó a rodearlo. No evitó sonreír brevemente cuando escribió que no era del todo descartable que Morfeo haya atinado a librarlo de las veleidades de los dioses (hablaba de Nietzsche cuando pensaba en los dioses y de Morfeo luego de haber comenzado a interesarse por la mitología griega).
No se dio cuenta del todo cuando comenzó a verla, la visión era primero imprecisa: se escuchaba de fondo la tradicional marcha alemana Erika –la favorita de Pinochet– y un difuso mal olor parecía querer enseñorearse en el ambiente inmediato (hablamos de la sala de trabajo y de reposo nocturno de nuestro hombre). La visión empezó a corporizarse de a poco y de a poco un inédito terror empezó a embargarlo. El proceso duró algunos minutos antes de que ella se manifestara del todo. Era Lucía Hiriart Vda. de Pinochet, se la veía joven, posiblemente de unos treinta años, parecía estar armada con algún instrumento: ¿posiblemente un látigo? Lo estaba mirando fíjamente aunque por momentos dirigía la vista de reojo hacia cualquiera de los lados. Se dijo que él conocía bien esa mirada torva.
–Señora… –atinó a decirle con suavidad.
La mujer lo miró con suma severidad. A él no le resultaba posible establecer el instrumento que portaba doña Lucía, pero supuso fundadamente que la situación era muy peligrosa. Quiso encender un cigarrillo pero ella se lo impidió.
–Mire, joven –lo increpó con su consabida voz chillona–, yo no sé cómo se atreve usted a tratarme de señora después de todo lo que ha propalado sobre mi persona.
Los ojos jóvenes de la ex Primera Dama estaban ahora horadándolo, él supo que esto era el final. La mujer levantó su brazo diestro y se dispuso a descargarle el primer latigazo sobre las manos que aún reposaban sobre el teclado del computador.
Cuando el látigo llegó a su destino, nuestro hombre despertó completamente bañado en sudor. Al día siguiente, habría de colegir que todo se había debido a la caótica infusión de yerbas que estaba bebiendo. Pero, no obstante eso, optó por renunciar a escribir: aquel tema no era para nada pertinente. En realidad, todo su bagaje temático literario era demasiado impertinente. Y ésa debió ser la razón por la cual optó por el suicidio.

DECLARACIÓN DE INTENCIONES I
Carmen:
Juntos iremos con las golondrinas.
¿Qué vamos a hacer? Diríamos que vamos a hacer una declaración de intenciones frente al futuro. Y frente al presente –el presente, no lo olvidemos, actualiza los pasados y potencia los futuros– y frente al pasado: ¡a lo hecho, pecho, y sea lo que Dios quiera!
Queremos enmendar errores y equivocaciones. Y ocurre que sabemos de nuestras equivocaciones pero no de nuestros errores: nos cuesta sentirnos culpables. Creemos que las culpas se correlacionan con nuestros errores y no con nuestras equivocaciones (¿será pertinente explicar que errores y equivocaciones, si bien pueden parecerse, son cualitativamente diferentes?)
¿Qué vamos a hacer? Vamos a definir nuestros objetivos de vida (y de muerte: la muerte es también un objetivo pues es urgente e imperioso aprender a morir. Aprender a saber por qué uno muere).
¿Comenzaremos por abandonarla? No lo sabemos aún: no es fácil ni es digno abandonar a una compañera que nos ayudó a recomponer la vida. Que ayudó algún tanto –más de algún tanto– a nuestra vida dura y solitaria. Así como nunca fue fácil abandonarla a ella, a la madre de mis hijos.
Carmen:
Juntos iremos con las golondrinas…
(Sigue)


La tragedia que ignoró el comandante Robledo
El Estornino
Fue una experiencia muy interesante (lo sigue siendo: es mucho lo que hay que contar al respecto), te lo aseguro. Yo estuve en aquella guerra… Bueno, no llegó a ser guerra pero estuvo a minutos de serlo.
La tarde no quiere morir en este día 21 de diciembre de 1978. El sol poniente proyecta sombras gigantescas e imprecisas sobre el vivac del batallón liviano del Regimiento Reforzado Nº 17 “Los Ángeles”. Gigantescas, imprecisas y francamente malolientes sombras para el teniente coronel Robledo, comandante de la posición defensiva de Piedra del Indio que –se supone en la planificación operativa de
(Yo siempre he sostenido –hasta hoy– que la superioridad material argentina no habría mellado la superioridad del espíritu militar chileno; pero puedo estar equivocado).
El teniente coronel Nibaldo Robledo Santelices –oficial del Ejército de Chile desde 1961–, a quien su señor padre siempre reprochó que se haya hecho militar, como se lo exigió su señora madre desde su primera infancia– huele un destino que hasta calificaría de trágico si supiera cabalmente qué significa lo trágico. Lo sabe de manera muy vaga, lo que terminará por ser mejor para él.
Robledo asume que morirá en nueve horas más; lo percibe a nivel olfativo en las sombras gigantescas que los roqueríos aledaños a los pasos fronterizos Pichachén, Desecho, Picunleo, Pilunchaya, Copulhue y Copahue abalanzan, claramente presagiantes, sobre el vivac del batallón liviano de infantería.
Siempre queda la duda. Robledo viene atisbando desde hace mucho tiempo que su cónyuge, Laura, bien podría cometer adulterio con ese abogado de Concepción, sospechoso entonces de ser un comunista de mierda. Y, como es obvio, le acongoja en grado sumo estar a nueve horas de morir por la patria (piensa que caerá abatido por los primeros obuses de la poderosa artillería argentina). Y de morir, muy posiblemente, en los precisos momentos en que el abogado comunista de mierda esté produciendo el tercer o cuarto orgasmo en Laura esa noche.
Robledo masculla una extensa e intensa maldición en contra de su difunta madre mientras camina entre el vivac y los puestos avanzados de combate.
Yo estuve en aquella guerra…
Entre muchas otras interesantes motivaciones, los hondos tormentos de mi comandante Robledo me llevaron a considerar seriamente el enigma del destino humano y de la profesión militar (que era también la mía) (me puse a estudiar semiótica y a hurgar en el sentido de lo trágico).
Como es bien sabido, la guerra terminó por no ocurrir (es indudable que estuvimos muy cerca, pero, a mi juicio, los argentinos no nos hubieran sacado cresta y media como se suele repetir; así me lo dicta al menos mi difuso orgullo de ex militar).
Pero a Robledo siempre le quedó la duda en torno a las aventuras adulterinas de Laura. Nunca ocurrieron según me lo dijo ella mucho después, pero a mí también me queda la duda.
Robledo olía un destino que hasta habría calificado de trágico si hubiera sabido cabalmente qué significa lo trágico. Lo ignoró pese a olerlo. Y la depresión siguió haciendo de las suyas.
Y ésa es la única razón y causa de que se haya suicidado hace pocos días, aquí en Santiago, con su pequeña pistola Starlet de cargo particular y de magro calibre. Sin la menor duda, un desenlace funesto. Una tragedia.
Afortunadamente, Robledo no llegó a saberlo bien.